Era noviembre de 1945. La guerra había terminado, pero el mundo todavía estaba intentando asimilar lo que había visto. Un capellán del ejército estadounidense, Henry Greke (también mencionado como Gerecki), estaba a punto de volver a casa con su esposa cuando recibió una llamada inesperada: lo transferían a una prisión en Núremberg para ministrar a 21 oficiales nazis de alto rango.
Greke era fluido en el alemán y tenía experiencia en el ministerio de prisiones. Eso lo hacía un candidato idóneo para esa tarea. Pero también hay un detalle crucial: su servicio militar ya había terminado. Podía declinar.
No era solo una asignación más. Era un conflicto del alma: ¿merecen estos hombres escuchar el evangelio? ¿Querrías verlos alcanzar la misericordia de Dios en Jesús, o preferirías que encontraran el juicio de Dios?
A veces se piensa en Jonás como “la historia del pez”. Y sí: el libro revela el poder de Dios sobre el mundo que creó, moviendo vientos, tormentas y todo lo que le place. También nos da una sombra de la Gran Comisión, cuando Dios empuja a su pueblo hacia las naciones. Y vemos la palabra de Dios obrando con poder para transformar a gente pecadora.
Pero por encima de todo, la verdad eterna que atraviesa el libro es esta: el evangelio es para todos.
Jonás no es presentado como un héroe idealizado. Es un profeta real, con teología correcta, pero con pasos torcidos. Y aun así, Dios persigue, disciplina, rescata y muestra que su evangelio no se limita a fronteras, etnias o “personas aceptables”.