Hay una diferencia enorme entre ser cristiano y haber sido convertido a Cristo.
Y esa diferencia es precisamente la historia de Agustín de Hipona.
Agustín sabía quién era Jesús. Conocía las Escrituras. Había crecido cerca del cristianismo. Su madre oraba por él. Incluso llegó a identificarse con la fe cristiana.
Pero durante años, Cristo era para Agustín una verdad que podía admirar, discutir y estudiar… sin ser todavía el Señor al que había entregado su vida.
Y quizá ese es uno de los problemas más peligrosos del cristianismo: puedes estar cerca de Cristo sin haberte rendido a Cristo.
Puedes conocer la doctrina, ir a la iglesia, cantar las canciones, saber cuándo levantar las manos, tener una Biblia en tu casa y hasta hablar como cristiano… y, sin embargo, seguir viviendo como si tú fueras el centro de tu propia existencia.
Porque la conversión no consiste simplemente en cambiar de religión.
La conversión es que Cristo deje de ser una idea en tu cabeza y se convierta en el centro de tu vida.
Y eso es lo que hace tan poderosa la historia de Agustín: no estamos hablando de un hombre que pasó de no creer en nada a creer en Dios.
Estamos hablando de un hombre que pasó de saber acerca de Dios a desear a Dios.
De tener información sobre Cristo a pertenecerle a Cristo.
De decir: “Dame lo que quieras, pero todavía no me pidas mi corazón”…
a finalmente poder decir:
“Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva; tarde te amé.”