Todo empezó con un rumor, que se expandía por las calles de Santiago como si fuera un río. "Se inaugura el Estadio Nacional", murmuraban los vecinos, los vendedores de diarios, los escolares que corrían con sus mochilas apretadas. Y la ciudad parecía alistarse para una fiesta que no sabía exactamente cómo sería, pero que intuía majestuosa, casi futurista.