Son esos de rostro avinagrado como si hubieran comido limón. Llevan en sus semblantes como una desilusión. Como que desconocen el tremendo gozo de la vida cristiana.
Cuando somos tentados, son nuestros propios deseos los que nos arrastran y dominan. Los malos deseos nos llevan a pecar; y cuando vivimos solo para hacer lo malo, lo único que nos espera es la muerte eterna.