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Un diario israelí se ha referido a la actitud del primer ministro de su país ante el acuerdo de Irán y Estados Unidos, diciendo que “el Gobierno de Netanyahu es un Gobierno adicto a la guerra”. Hay quien se empeña en sostener que la agenda y la seguridad de Israel coinciden con la estrategia de Netanyahu, pero es necesario distinguir una cosa de la otra. Netanyahu intentó hacer fracasar el acuerdo con un ataque el domingo al barrio de Dahiyeh, en Beirut. No lo ha conseguido, porque Trump ya no quiere apoyar al primer ministro israelí.
En lugar de aceptar al Gobierno pragmático y prooccidental del Líbano, que intenta como nunca había sucedido hasta ahora debilitar a Hezbolá, el gobierno israelí prefiere seguir con sus ataques, debilitando así al Ejecutivo de Beirut y reforzando la posición de la milicia proiraní.
Netanyahu y su Gobierno se niegan a reconocer los límites de la fuerza y su debilidad de política. Se han atrincherado en su militarismo, siguen provocando víctimas con justificaciones inaceptables y se alejan de su mejor socio. En lugar de cerrar frentes, insisten en mantenerlos abiertos. Y en lugar de permitir que los israelíes lleven una vida más o menos normal tras tres años de pesadilla, prefieren perpetuar el estado de emergencia. Hamas, Hezbolá y el actual régimen de Irán son ciertamente enemigos de Israel. Pero el futuro de Israel depende de la inteligencia con la que afronte las amenazas y de que sus respuestas no alimenten a las opciones más radicales y violentas en Palestina y El Líbano.
By COPEUn diario israelí se ha referido a la actitud del primer ministro de su país ante el acuerdo de Irán y Estados Unidos, diciendo que “el Gobierno de Netanyahu es un Gobierno adicto a la guerra”. Hay quien se empeña en sostener que la agenda y la seguridad de Israel coinciden con la estrategia de Netanyahu, pero es necesario distinguir una cosa de la otra. Netanyahu intentó hacer fracasar el acuerdo con un ataque el domingo al barrio de Dahiyeh, en Beirut. No lo ha conseguido, porque Trump ya no quiere apoyar al primer ministro israelí.
En lugar de aceptar al Gobierno pragmático y prooccidental del Líbano, que intenta como nunca había sucedido hasta ahora debilitar a Hezbolá, el gobierno israelí prefiere seguir con sus ataques, debilitando así al Ejecutivo de Beirut y reforzando la posición de la milicia proiraní.
Netanyahu y su Gobierno se niegan a reconocer los límites de la fuerza y su debilidad de política. Se han atrincherado en su militarismo, siguen provocando víctimas con justificaciones inaceptables y se alejan de su mejor socio. En lugar de cerrar frentes, insisten en mantenerlos abiertos. Y en lugar de permitir que los israelíes lleven una vida más o menos normal tras tres años de pesadilla, prefieren perpetuar el estado de emergencia. Hamas, Hezbolá y el actual régimen de Irán son ciertamente enemigos de Israel. Pero el futuro de Israel depende de la inteligencia con la que afronte las amenazas y de que sus respuestas no alimenten a las opciones más radicales y violentas en Palestina y El Líbano.