Jaime Garzón no hacía reír para distraer; hacía reír para revelar. A través de Heriberto de la Calle o Dioselina Tibaná, desnudó la hipocresía de los poderosos y enseñó a toda una generación en Colombia a cuestionar el discurso oficial. Su inteligencia y su humor de calle se convirtieron en herramientas pedagógicas y políticas tan peligrosas que solo el silencio brutal pudo detenerlo. Veinticinco años después, su pregunta para los jóvenes sigue vigente: ¿qué están esperando para asumir el control de su propio destino?