Dolores Hidalgo, Guanajuato, siempre ha sido un pueblo bohemio. De unas noches de tertulia conspiratorias —de música y bebida— se fraguó el inició de la Independencia de México. Ahí, en el atrio de la parroquia de Nuestra Señora de Dolores, la madrugada del 16 de septiembre de 1810, el cura Miguel Hidalgo convocó a los pobladores a desconocer el gobierno y alzarse en armas para derrocar a los tiranos de la Nueva España.
Algunos años después, el 19 de enero de 1926, nació en la bohemia Dolores Hidalgo el máximo bohemio de México, José Alfredo. Así nomás, porque José Alfredo es tan grande que no precisa de apellidos para que lo reconozcan, exactamente igual que Juan Gabriel.
No se puede pretender trazar un mínimo acercamiento a la bohemia mexicana, esa que toca su cúspide en las décadas de los 40 y 50, sin poner al gran guanajuatense en el epicentro. Él es el verdadero punto de partida, el centro de distribución, el marcapasos de la vernácula mexicana.