La figura de Juan de Oñate y Salazar (1550–1626) ocupa un lugar ambiguo en la historia del norte de la Nueva España. Al mismo tiempo conquistador, gobernador, fundador y acusado, su expedición de 1598 marcó el inicio formal de la colonización española en lo que hoy es el estado de Nuevo México, Estados Unidos. A diferencia de las campañas militares más conocidas en Mesoamérica o el Perú, la empresa de Oñate no buscaba imperios ricos en oro, sino la extensión del dominio real, la conversión de almas y la consolidación de una frontera septentrional vulnerable a incursiones nómadas y a la competencia imperial europea. Su legado, sin embargo, está profundamente marcado por un episodio de violencia extrema: la represión del Pueblo de Acoma en enero de 1599, que incluyó la destrucción del asentamiento, cientos de muertes y la amputación del pie izquierdo a supervivientes varones adultos. Este acto, justificado en su momento como castigo ejemplar según las leyes de guerra españolas, ha convertido a Oñate en un símbolo de la brutalidad colonial y, en la actualidad, en un foco de controversia en los debates sobre memoria histórica, justicia indígena y representación pública.