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JUEVES II PASCUA
San Juan 3, 31-36
Obedecer a Dios
“¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre.» Pedro y los apóstoles replicaron: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen”. Los apóstoles “replicaron. Nos imaginamos a esos hombres, hasta hace poco acobardados, escondidos, atemorizados y con complejos frente a los sabios de Israel, haciendo frente a esos mismos sabios, con la sabiduría que proviene de Dios. Y me imagino la sorpresa del Sanedrín y el sumo sacerdote ante los que creían “una presa fácil.” El miedo es nuestro principal enemigo. Dios se manifiesta a los sencillos y humildes. Dios se sirve de una Teresa, de un Francisco, de un Bosco, de un padre de familia, de una mujer trabajadora, de un niño,… de quien quiere y quien le quiere. En su vida, a veces, nos parecen locos o inconscientes, pero todos los obstáculos se allanan para aquel que confía en Dios y no en sus recursos. María, nuestra Madre, lo sabía bien y así lo hizo con los apóstoles, reuniéndolos en oración. Que ella sea nuestro aliento y nos conceda el Espíritu Santo.
By Ermita Virgen del Puerto Madrid RíoJUEVES II PASCUA
San Juan 3, 31-36
Obedecer a Dios
“¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre.» Pedro y los apóstoles replicaron: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen”. Los apóstoles “replicaron. Nos imaginamos a esos hombres, hasta hace poco acobardados, escondidos, atemorizados y con complejos frente a los sabios de Israel, haciendo frente a esos mismos sabios, con la sabiduría que proviene de Dios. Y me imagino la sorpresa del Sanedrín y el sumo sacerdote ante los que creían “una presa fácil.” El miedo es nuestro principal enemigo. Dios se manifiesta a los sencillos y humildes. Dios se sirve de una Teresa, de un Francisco, de un Bosco, de un padre de familia, de una mujer trabajadora, de un niño,… de quien quiere y quien le quiere. En su vida, a veces, nos parecen locos o inconscientes, pero todos los obstáculos se allanan para aquel que confía en Dios y no en sus recursos. María, nuestra Madre, lo sabía bien y así lo hizo con los apóstoles, reuniéndolos en oración. Que ella sea nuestro aliento y nos conceda el Espíritu Santo.