Este sábado, 21 de diciembre, el Arenal y la plaza Nueva de Bilbao volverán a ser un hervidero de gente dispuesta a disfrutar del ambiente festivo del mercado de Santo Tomás, feria que tradicionalmente marcaba el inicio de la Navidad en la Villa. Es una tradición que se remonta al siglo XIX, cuando los arrendatarios de los caseríos acudían a la capital a pagar las rentas anuales a sus caseros.
Junto a Jaione Bilbao de Labayru Fundazioa hemos recordado algunas costumbres propias de estas fechas:
- Estaba muy arraigada en el país, y así lo manifiesta Barandiaran, la costumbre de quemar por Nochebuena un gran tronco de leña en el hogar. Este tronco recibía variados nombres según el lugar: en Abadiño Gabon-subila, en Zegama Gabon-zuzia, en Amorebieta-Etxano Gabon-mukurra, en Aezkoa Subilaro-egurra, en Agurain porrondoko, y curiosamente en Oiartzun Olentzero-enborra.
- La primera mención de onenzaro aparece en un escrito del siglo XVII del que es autor el historiador Martínez de Isasti, natural de Lezo. En esa primera mención el concepto no guarda ninguna relación con ningún personaje mitológico ni con ningún carbonero. El historiador se refiere a la noche de Navidad (la Nochebuena) como onenzaro ‘la sazón de los buenos’, dice él. Fue Lekuona quien en 1922 describió el rito casi como hoy lo conocemos: la víspera de Navidad, en su tierra natal de Oiartzun, comparsas de niños postulaban de casa en casa, llevando un monigote fabricado de trapos y paja sentado sobre andas adornadas con ramos de laurel.
- Antiguamente, antes de comenzar la cena de Nochebuena tenía lugar el rito de bendición del pan. El padre o la madre, quien presidiera la mesa, la bendecía, cogía el pan, trazaba con el cuchillo una cruz sobre él, lo besaba, cortaba un trozo de la corteza y lo colocaba debajo del mantel. A ese currusco de pan, ogi salutadorea, que viene a significar ‘pan que da salud’, se le atribuían virtudes curativas. Se decía que guardado duraba hasta la siguiente Navidad sin enmohecerse y se consideraba que preservaba a personas y animales de padecer la rabia. Si algún miembro de la familia caía enfermo se le daba un trocito; si un buey o una vaca, o las yeguas de tiro, enfermaban se les daba otro trocito; y al perro también se le daba otro poco para protegerlo contra la rabia. Esta virtud curativa o pacificadora se extendía además a los fenómenos dañinos de la naturaleza.
** Imagen de José Ignacio García Muñoz.