¿Sabías que rabia, en euskera amorrua o amorrazioa, es conocida también como hidrofobia por el rechazo al agua que muestran los afectados?
El síntoma más característico de que un perro tenía rabia era que expulsase abundante espuma por la boca; también que corriese con el rabo entre las patas, se mostrase muy nervioso, ladrase mucho y tuviese tendencia a morder a otros perros pero sin pelearse con ellos. Otro síntoma, sin embargo, era que el animal rehuyese el agua. De hecho, se ha utilizado este comportamiento para saber si un perro que había mordido a una persona estaba rabioso o no. Se le ponía delante agua y se atendía a su comportamiento. DIcen que, si estaba rabioso, al verse reflejado en el agua echaba a correr hasta desaparecer. En Lagrán (Araba) aseguran los informante que actuaba así porque veía reflejada la imagen del perro que le mordió.
Entre los productos vegetales utilizados para el tratamiento destacan los ajos: Si se tenía la sospecha de que el perro que había mordido estaba rabioso, se debían comer todos los ajos crudos que uno era capaz. Pero para que los ajos fuesen eficaces tenían que ser sembrados el día de Nochebuena y recolectados la mañana del día de San Juan, antes de que amaneciese. También era frecuente aplicar ajos sobre la herida. En Elosua (G) se machacaban ajos y con el líquido que desprendían se rociaba la herida. En Bermeo (B) se aconsejaba frotar la zona lesionada con ajos o colocarlos cortados en rodajas. En varias poblaciones de Iparralde se usaba un ungüento preparado por ajos fritos en grasa sin sal.
Interesante el papel que tuvieron también los conocidos como saludadores, en euskera salutadorea o donadua. A estas personas se les atribuía la virtud de curar entre otros males el de la rabia. Se decía que el saludador tenía que ser el séptimo hijo varón seguido de una misma familia; en algunos pueblos podía ser saludadora la menor de siete hermanas si no había nacido ningún hermano entre ellas. En ambos casos nacían con una cruz en el paladar o debajo de la lengua, que les daba el poder de retener el aceite hirviendo en la boca. Para curar la rabia lo que hacía era succionar con la boca la herida causada por la mordedura hasta limpiar la sangre coagulada y el pus que pudiera contener. Después tomaba unas cucharadas de aceite que se había puesto a hervir en una sartén, las retenía en la boca y proyectaba el aceite con fuerza sobre la herida. Repetía esta última operación y por último envolvía la herida con un trapo limpio.
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