Oímos historias constantemente: relatos, consejos, opiniones, vivencias ajenas, éxitos, fracasos, advertencias y sueños.
Pero oír no es escuchar.
Escuchar es dejar que algo nos atraviese, nos toque, nos confronte y nos transforme. Es estar presentes, no solo recibir palabras.
Podemos acumular historias, ideas y experiencias ajenas sin permitir que ninguna se convierta en experiencia propia.
Quizá una de las grandes trampas de nuestro tiempo sea esa: exceso de información, falta de integración.
Podemos oír millones de historias y, aun así, no vivir ninguna.