Brian Donnelly empezó abriendo vitrinas publicitarias de madrugada para intervenir imágenes ajenas y devolverlas a la calle como si nada hubiera pasado. Con el tiempo, esa llave abrió también galerías, museos, marcas de lujo y mercados globales. Pero cuando una firma entra en todas partes, la pregunta cambia: qué queda de humano cuando la imagen ya no necesita pedir permiso para existir.