Con cuidado, casi sin querer, mis labios encontraron los tuyos. Poco a poco, el temor, la pena, el qué dirá se fueron haciendo la voz del quiero más. Sentí tu aliento fundiéndose con el mio mientras nuestras lenguas hablaban sus asuntos, mientras las caricias de manos temblorosas devoraban piel.
A poco, un mar de prendas invadieron el suelo. El espacio sobre las sábanas se llenó de ti, de tu voz, de tus sentidos. Mis labios, ansiosos, recorren tu cuello con dulzura mientras musitan que te amo, mientras intentan llenar tu alma de razones para amarnos más. Tu piel, kilómetros de ella, se rinden con perlitas de sabor a luz ante esos labios ávidos de tu sabor, de tu estremecimiento, de ti.
Las manos corren de un lado a otro mientras nos comemos a besos, con el hambre vieja de otras vidas, con el ansia de tenerte en mi sangre, con la emoción de saberme contigo, con la ilusión de esta primera de muchas noches. Siento tu impaciente desnudez cerca de la mía, pidiendo ser uno, suplicando estar en comunión. Siento que la sangre se agolpa, que la pasión crece y se agolpa en todos los sentidos buscando ser parte tuya, queriendo entrar en ti, en tu ser, en tu alma. De a poco, los labios tienen un frenético intercambio de pieles, recorriendo curvas, buscando huecos, integrando conceptos en el aquí y en el ahora, siendo humedad y sal, saliva y cielo. Intensidad, ternura, plenitud, amor.
Una vez, muchas veces, los pechos compartieron un solo latido que reventó en una marejada de deseo, de amor, de pasión. La humedad, los sentidos, la explosión que se hizo sentir, que nos estremeció fue compartida. Ambos cuerpos, estremecidos, nos fundimos en un abrazo buscando no separarnos jamás, buscando no contener al volcán que inició tan delicioso encuentro, sino queriendo siempre que la lava no se contenga más, que se desborde, que nos llegue y nos calcine, que nos funda en un solo cuerpo los deseos contenidos de otras vidas... JC Sánchez