Nos enfrentamos a miedos profundos: el miedo a ser rechazados, a no ser suficientes, a perder lo que más amamos. Nos enfrentamos a la culpa, esa cadena que nos recuerda lo que hicimos o lo que no hicimos, cargándonos con un peso que no nos deja avanzar.
Salir de la lucha interna es elegir la verdad, aunque duela. Es soltar las culpas heredadas, las creencias que atan, las voces que no son nuestras. Es dejar de mirar afuera para buscar aprobación y empezar a mirarnos con compasión.
Y sobre todo, es creer que Dios pelea con nosotros. Que no estamos solos en ese campo de batalla, aunque lo sintamos desierto.