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El Papa Prevost no parece alguien a quien le guste expresar sus sentimientos de manera desbordante y, sin embargo, ayer, durante la audiencia general en la que recorrió los principales pasajes de su reciente viaje a África, parecía atravesado por una alegría especial. Y como dice la Escritura, “de la abundancia del corazón habla la boca”. Me he fijado en la descripción precisa y vibrante de lo que vivió en Angola, no tanto por las características específicas de ese país, sino porque trazó una imagen preciosa de lo que es una Iglesia viva, y cuando uno tiene la oportunidad de contemplar eso… es una fiesta.
Tras describir las vicisitudes recientes del país, que tras la independencia sufrió una cruel guerra civil, León XIV dijo que, en el crisol de esa historia, Dios ha guiado y purificado a la Iglesia convirtiéndola cada vez más al servicio del Evangelio… “¡una Iglesia libre para un pueblo libre!”, exclamó el Papa, que confesó haber sentido latir el corazón del pueblo en el santuario mariano de Mamã Muxima: “he visto con alegría muchas religiosas y religiosos de todas las edades, profecía del Reino de los cielos en medio de su gente; he visto catequistas que se dedican enteramente al bien de la comunidad; he visto rostros de ancianos esculpidos por fatigas y sufrimientos, que transparentan la alegría del Evangelio; he visto mujeres y hombres danzar al ritmo de cantos de alabanza al Señor resucitado, fundamento de una esperanza que resiste a las desilusiones causadas por las ideologías y las promesas vanas de los poderosos”.
El Papa ha visto gente cambiada por el encuentro con Cristo, gente en pie dentro de las circunstancias (dolorosas o alegres), gente que teje comunidad, gente, sobre todo, agradecida por el don de la fe en medio de las durezas de la vida. León ha visto (y nos lo cuenta) lo que es realmente la Iglesia, y no me extraña que confesara haber recibido “una riqueza inestimable” para su corazón y para su ministerio.
By COPEEl Papa Prevost no parece alguien a quien le guste expresar sus sentimientos de manera desbordante y, sin embargo, ayer, durante la audiencia general en la que recorrió los principales pasajes de su reciente viaje a África, parecía atravesado por una alegría especial. Y como dice la Escritura, “de la abundancia del corazón habla la boca”. Me he fijado en la descripción precisa y vibrante de lo que vivió en Angola, no tanto por las características específicas de ese país, sino porque trazó una imagen preciosa de lo que es una Iglesia viva, y cuando uno tiene la oportunidad de contemplar eso… es una fiesta.
Tras describir las vicisitudes recientes del país, que tras la independencia sufrió una cruel guerra civil, León XIV dijo que, en el crisol de esa historia, Dios ha guiado y purificado a la Iglesia convirtiéndola cada vez más al servicio del Evangelio… “¡una Iglesia libre para un pueblo libre!”, exclamó el Papa, que confesó haber sentido latir el corazón del pueblo en el santuario mariano de Mamã Muxima: “he visto con alegría muchas religiosas y religiosos de todas las edades, profecía del Reino de los cielos en medio de su gente; he visto catequistas que se dedican enteramente al bien de la comunidad; he visto rostros de ancianos esculpidos por fatigas y sufrimientos, que transparentan la alegría del Evangelio; he visto mujeres y hombres danzar al ritmo de cantos de alabanza al Señor resucitado, fundamento de una esperanza que resiste a las desilusiones causadas por las ideologías y las promesas vanas de los poderosos”.
El Papa ha visto gente cambiada por el encuentro con Cristo, gente en pie dentro de las circunstancias (dolorosas o alegres), gente que teje comunidad, gente, sobre todo, agradecida por el don de la fe en medio de las durezas de la vida. León ha visto (y nos lo cuenta) lo que es realmente la Iglesia, y no me extraña que confesara haber recibido “una riqueza inestimable” para su corazón y para su ministerio.