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En la inolvidable jornada de ayer ante las Cortes Generales, León XIV evocó con fuerza el gran debate en la Universidad de Salamanca cuando se abrían mundos nuevos, y algunos maestros introdujeron la pregunta por el valor irreductible de todo ser humano y los límites morales del poder. El Papa dijo que la pregunta salmantina sigue acompañando la tarea de quienes sirven a la vida pública y recordó la afirmación clamorosa de Benedicto XVI ante el Bundestag en 2011: “toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana, una dignidad que precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento”. Cuando esta convicción permanece viva, dijo ayer el Papa León, “el derecho se convierte en amparo de todos y en garantía frente a la imposición de intereses y agendas particulares”.
Casi al final de su imponente discurso, el Papa León tuvo la audacia de decir ante nuestro Parlamento una verdad que hoy casi nadie se atreve a proclamar: “que la libertad moderna ha sido preparada por una larga educación de la conciencia, profundamente marcada por la tradición cristiana”. En esa escuela, dijo el Papa, los pueblos aprendieron que “el derecho debe servir al bien, que la justicia pone límites a la fuerza, que el poder necesita legitimidad, que los pobres pertenecen plenamente a la comunidad, que el extranjero debe ser acogido conforme a su dignidad y que la vida humana jamás puede ser tratada como mercancía. Y que una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse”. Desde luego, este no era un discurso sólo para España.
By COPEEn la inolvidable jornada de ayer ante las Cortes Generales, León XIV evocó con fuerza el gran debate en la Universidad de Salamanca cuando se abrían mundos nuevos, y algunos maestros introdujeron la pregunta por el valor irreductible de todo ser humano y los límites morales del poder. El Papa dijo que la pregunta salmantina sigue acompañando la tarea de quienes sirven a la vida pública y recordó la afirmación clamorosa de Benedicto XVI ante el Bundestag en 2011: “toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana, una dignidad que precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento”. Cuando esta convicción permanece viva, dijo ayer el Papa León, “el derecho se convierte en amparo de todos y en garantía frente a la imposición de intereses y agendas particulares”.
Casi al final de su imponente discurso, el Papa León tuvo la audacia de decir ante nuestro Parlamento una verdad que hoy casi nadie se atreve a proclamar: “que la libertad moderna ha sido preparada por una larga educación de la conciencia, profundamente marcada por la tradición cristiana”. En esa escuela, dijo el Papa, los pueblos aprendieron que “el derecho debe servir al bien, que la justicia pone límites a la fuerza, que el poder necesita legitimidad, que los pobres pertenecen plenamente a la comunidad, que el extranjero debe ser acogido conforme a su dignidad y que la vida humana jamás puede ser tratada como mercancía. Y que una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse”. Desde luego, este no era un discurso sólo para España.