En el otoño del año 53 a.C., la Galia parecía haber sido domada. Tras siete años de
campañas implacables, Julio César —procónsul de las provincias cisalpinas y
transalpinas— había sometido a las tribus belgas del norte, cruzado el Rin para
intimidar a los germanos, navegado hasta Britania en dos expediciones simbólicas, y
aplastado rebeliones en Aquitania y el centro del territorio galo. Sus Comentarios sobre
la Guerra de las Galias (De Bello Gallico, en adelante BG) presentaban una narrativa
de progreso inexorable: cada tribu derrotada, cada alianza rota, cada ciudad incendiada
era un paso más hacia la pax romana. Pero esa paz era una ilusión. La Galia no era una
nación unificada, sino un mosaico de pueblos —arvernos, éduos, sécuanos, helvecios,
nervios, bitúriges, entre otros— cuyas lealtades fluctuaban según intereses, rivalidades
ancestrales y la presión externa de Roma. Y en ese entramado frágil, una chispa bastaba
para encender un incendio.