¿Esto que estoy haciendo en verdad vale la pena?
Es una pregunta que adopté como costumbre. Y no nace del pesimismo ni desde la queja, sino como un ejercicio de apartarme un poco de la rutina y mirar la escena con más claridad.
Es una manera de preguntarme si lo que hago me acerca a la vida que quiero, o si solo estoy ocupado llenando los días.
Lo pienso ahora, que escribo a las cinco de la mañana en un sábado.
Lo pienso también cuando corro, y en el kilómetro veintitrés mi cuerpo comienza a reclamar con la voz de Natalia Lafourcade: ¿para qué sufrir si no hace falta?
En momentos así es donde la pregunta toma más fuerza. ¿Vale la pena?
Con el tiempo se volvió una especie de ancla, una forma sencilla de medir si lo que pienso, digo y hago va en dirección de mis valores. Si me empuja hacia el hombre que quiero ser, o si me aleja de él.
Ahí es donde la palabra griega eudaimonía me parece más cercana.
Actualmente siento que es muy superficial lo que direcciona mi vida. O es mi ancla, de la cual me agarro: es lo que yo obtengo de lo que hago. Es decir, si yo entrego un diseño, un producto, una idea o un concepto, la retroalimentación positiva es esa ancla. Como ese estímulo para seguir haciendo cosas que cumplan o superen la expectativa de mis clientes.
Y en lo personal también esa parte, esa satisfacción de poder hacer algo que yo consideré que trasciende más allá de mí. Por ejemplo, en un proyecto: un logotipo le da cara a las cosas, una estrategia le da sentido a un logotipo. Entonces esa es mi ancla: recibir esa satisfacción a la vez de la reacción positiva de lo que genero hacia las personas.
— Abraham Hernández
Aristóteles decía que la eudaimonía es el fin último de la vida. La floración plena del ser, el vivir de acuerdo con la virtud, desplegar lo que uno lleva dentro.
No tiene nada que ver con esa idea superficial de felicidad que hoy parece estar en todas partes, como si vivir bien significara estar contento todo el tiempo.
Su origen se podría explicar de manera simple: eu significa bien, y daimón es el espíritu interior que nos guía.
Eudaimonía es, en el fondo, dejarse llevar por lo mejor que tenemos adentro.
Aristóteles la separaba de los placeres pasajeros, como el dinero, el poder o la fama. Todo eso se acaba o se gasta. La eudaimonía, en cambio, se cultiva con justicia, con templanza, con sabiduría y con coraje.
Y lo fregón es que no se juega en lo extraordinario, sino en lo más simple: en cómo hablas con alguien cercano, en cómo usas tu tiempo y en cómo tratas a quien no tiene nada que darte.
Por eso esa pregunta —¿vale la pena esto?— se volvió brújula.
Me ayuda a elegir irme a dormir temprano en vez de estirar la fiesta que seguro me dará resaca. Ver mi oficio como una forma de ser útil a los demás, no solo como una fuente de ingresos. Encontrar oficio en lo que hago.
Puede parecer un detalle menor, pero no lo es. Una pregunta así, repetida con conciencia, puede cambiar la forma en que vives. Podrá no darte respuestas rápidas o claras, pero te obliga a detenerte y a elegir con cuidado. Y esas pequeñas elecciones, al final, son las que trazan el camino.
Para mí, florecer como persona quiere decir, significa o simboliza lograr el máximo potencial del que eres capaz. Y eso solamente lo puedes conocer tú. Y siendo como muy romántico, tal vez no tienes límite: simplemente lo estás persiguiendo todo el tiempo.
Entonces eso es florecer para mí. Perseguir constantemente mi tope en lo físico, en lo espiritual, en lo profesional, en lo personal, en lo motriz. Lo que sea. Pero siempre tratar de perseguir algo más allá de lo que ya sé que puedo hacer hoy.
— Abraham Hernández
No hay que ver la eudaimonía como un destino al que se llega de golpe, sino como un proceso que se construye día a día, en lo que eliges aunque nadie se dé cuenta.
Te invito a pensarlo. A mirarte con calma y preguntarte: ¿vale la pena lo que hago? ¿Me acerca al que quiero ser, o solo me mantiene distraído?
La plenitud no aparece de repente. Se cultiva despacio. Y cuando florece, permanece.
Y tú, ¿ya sabes quién eres?
Gracias a Abraham Hernández por prestar su voz y su pensamiento a este episodio.
Emmanuel Hermosillo
Vender despierto
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