En una mañana de invierno del año 1144, en las afueras de París, una multitud se reunió
ante las puertas de la basílica de Saint-Denis. Habían acudido obispos, monjes, nobles,
artesanos y campesinos. Todos esperaban el momento en que el abad Suger, anciano ya
y consumido por la fe, pronunciara las palabras que consagrarían el nuevo coro de su
iglesia. Cuando la luz del amanecer atravesó por primera vez los vitrales de colores,
proyectando en el suelo un mosaico de rojos, azules y dorados, muchos creyeron estar
viendo un fragmento del cielo en la tierra. Así nació lo que hoy llamamos gótico.