En tiempo de pandemia nos preguntamos de donde nace esa necesidad irrefrenable para algunas personas de salir y reunirse, contraviniendo las normas sanitarias para paliar su impacto. Si bien nuestra especie se define por su carácter social, en el último año asistimos a la paradoja de que esa sociabilidad descontrolada nos aleja de la salida de la pandemia; y hace buena la máxima de que "el individuo es de las reuniones", como teorizó el sociólogo Goffman, y recuerda el semiólogo Jorge Lozano en su articulo: "la Penúltima Palabra". Así, los incumplidores anteponen a cualquier otra consideración, lo que el antropólogo social Malinowski definió como comunión fática, para referir la necesidad de estar juntos sin más motivo que la compañía, que genera lazos por el hecho de reunirse e intercambiar palabras sin ningún fin concreto. Comunicación fática, cuyo fin es garantizar el contacto, según el lingüista Jakobson. Por eso los incumplidores que ponen en peligro al resto de sus congéneres, conjugan en su comportamiento la incapacidad para controlar esa tendencia natural a la sociabilidad; y una interpretación de la libertad egoísta y mentirosa trasmutada en libertinaje, víctimas de la contradicción entre nuestra naturaleza social y el individualismo que expande y propala el sistema.