
Sign up to save your podcasts
Or


Vivimos en una época que sospecha de la santidad y celebra la ligereza moral. El espíritu del siglo dice: “cree lo que quieras, pero no cambies cómo vives”. Sin embargo, el evangelio de Jesucristo jamás separa la gracia que salva de la santidad que transforma. Donde Cristo redime, también reforma. Donde justifica, también santifica.
El apóstol Pablo lo declara con claridad luminosa: “Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente.” (Tito 2:11–12) - Obsérvese bien: la gracia no solo perdona, también enseña. No solo nos libra de la culpa del pecado; también nos entrena para abandonar su dominio.
De modo que, aunque la salvación es por gracia, por medio de la fe en Jesucristo, LA OBRA DE CRISTO consiste no solo en nuestra EXPIACIÓN (por Su sacrificio sustitutorio), sino también nuestra SANTIFICACIÓN (por su Santo Espíritu). Una conducta sobria, justa y PIADOSA, no son la causa, ni el mérito, ni el medio de nuestra redención, pero sí la EVIDENCIA Y EFECTO de la obra redentora de Cristo - un cristiano que promueve, alberga y disfruta el pecado es una contradicción. Un cristiano que no se está ejercitando en la santidad es una incongruencia.
Es que la vida cristiana no es una cómoda hamaca espiritual donde uno se recuesta diciendo “soy salvo”. Es más bien un campo de entrenamiento de santidad, es una carrera, es una batalla - donde el Espíritu trabaja pacientemente en nosotros. Pablo lo describe así: “Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer.” (Filipenses 2:12–13)
Entonces sí, la conducta importa - No porque queramos ganar la salvación —Cristo ya lo hizo sacrificial y perfectamente— sino porque la vida nueva inevitablemente produce frutos nuevos.
By samuel hernández clementeVivimos en una época que sospecha de la santidad y celebra la ligereza moral. El espíritu del siglo dice: “cree lo que quieras, pero no cambies cómo vives”. Sin embargo, el evangelio de Jesucristo jamás separa la gracia que salva de la santidad que transforma. Donde Cristo redime, también reforma. Donde justifica, también santifica.
El apóstol Pablo lo declara con claridad luminosa: “Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente.” (Tito 2:11–12) - Obsérvese bien: la gracia no solo perdona, también enseña. No solo nos libra de la culpa del pecado; también nos entrena para abandonar su dominio.
De modo que, aunque la salvación es por gracia, por medio de la fe en Jesucristo, LA OBRA DE CRISTO consiste no solo en nuestra EXPIACIÓN (por Su sacrificio sustitutorio), sino también nuestra SANTIFICACIÓN (por su Santo Espíritu). Una conducta sobria, justa y PIADOSA, no son la causa, ni el mérito, ni el medio de nuestra redención, pero sí la EVIDENCIA Y EFECTO de la obra redentora de Cristo - un cristiano que promueve, alberga y disfruta el pecado es una contradicción. Un cristiano que no se está ejercitando en la santidad es una incongruencia.
Es que la vida cristiana no es una cómoda hamaca espiritual donde uno se recuesta diciendo “soy salvo”. Es más bien un campo de entrenamiento de santidad, es una carrera, es una batalla - donde el Espíritu trabaja pacientemente en nosotros. Pablo lo describe así: “Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer.” (Filipenses 2:12–13)
Entonces sí, la conducta importa - No porque queramos ganar la salvación —Cristo ya lo hizo sacrificial y perfectamente— sino porque la vida nueva inevitablemente produce frutos nuevos.