Asistimos a la degradación del periodismo, víctima de la espectacularización del hecho informativo que opaca la información veraz y contrastada. Degradación que se nutre de una desproporción salarial brutal entre la infantería periodística y las estrellas mediáticas; del desinterés por buscar información propia y nueva; de la aceptación sin crítica del mensaje de los poderosos y medios politizados; de la continua penetración de anglicismos por la limitada cultura general de los nuevos profesionales, lanzados a la piscina desde el minuto uno; de la ausencia de correctores de estilo o editores sénior. El efecto: continuos errores ortográficos, expresivos y datos contradictorios; en la ausencia de fuentes fidedignas que avalen lo que se dice; en la ausencia de las partes concernidas en un hecho polémico o en el igualitarismo de las informaciones que se ofrecen. Ya no hay competencia periodística, sino competencia discursiva, para afianzar las opiniones de los fieles. El sistema mediático se convierte en un combate donde se embarran los profesionales sirviendo a intereses espuríos o convertidos en vendedores de marcas. Hechos endógenos irrebatibles en los que el destinatario desaparece como centro del hecho informativo y comienza la agonía del periodismo.