Un hombre en el siglo XVII debía cuidar una vez por mes el faro de una costa rocosa, y recibía el aceite justo para la tarea. Un día, un vecino le pidió aceite para calentar a su familia, otro día una anciana le suplicó aceite para su estufa y alimentarse; y una tercer noche un hombre le rogó por aceite para lubricar las ruedas de su carreta y poder trabajar.
El guardia del faro olvidó que el aceite tenía un objetivo por cumplir, y las consecuencias fueron devastadoras.
El gran secreto de la vida es descubrir para qué se nos da el aceite. Todos tenemos vidas reales, vidas propias, con nuestros propios objetivos.
Corresponde al programa del martes 14/04/2020