En los años 40 del siglo 20, la pobreza se extendía por toda España, pero se hacía aún más dura en los pueblos pequeños. En esta situación la escuela no solo era un lugar para aprender sino que también se convertía en el lugar donde se olvidaban las penurias de la familia. Esta circunstancia se aumentaba en los centros de Órdenes Religiosas. Algunos detalles les hacían diferentes a los colegios públicos, si los había, por ejemplo: El uniforme igualando a todos externamente, los actos religiosos que unificaban creencias, Cantar canciones religiosas o patrióticas que producían la sensación de grupo, las festividades religiosas en las que siempre se podían comer algún extra, todo ello les creaba un mundo alrededor que les hacía borrar la realidad social.