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¿Alguna vez has sentido esa sensación abrumadora de que algo está a punto de suceder?
Esa mezcla de expectativa y ansiedad, de la buena.
Esa en la que el corazón se acelera, las manos sudan un poco y la mirada no deja de buscar, como si lo que esperas pudiera llegar en cualquier momento.
Si lo has sentido, entonces sabes exactamente a lo que me refiero.
Así me siento con respecto a la próxima temporada.
Y, sinceramente, anoche fue tan intenso que tuve que detenerme y tomarme un momento para respirar. No por miedo, sino porque la anticipación puede ser intensa cuando tiene un significado profundo.
Imagina vivir con la expectativa de que cosas buenas están por venir.
Y que quede claro, esto no significa que el camino será fácil. Puede haber obstáculos, desafíos y momentos que nos pongan a prueba, pero aun así… algo bueno se acerca. Algo significativo.
¿Y si cada vez que sentimos esa oleada, cada vez que surge esa sensación de inminencia, nos detenemos?
¿Y si reconocemos el momento, nos sentamos con él, lo asimilamos y permitimos que nuestra alma procese lo que está sucediendo?
No como una emoción pasajera. No como una simple euforia, sino como una expectativa sólida y serena de algo que está a punto de ocurrir.
Ese sentimiento, amigo mío, es fe.
Fe que espera movimiento. Fe que anticipa la acción.
Quizás digas: "No soy religioso. No sé qué es la fe".
Bueno, la fe es precisamente ese sentimiento. Ese conocimiento interior. Esa conciencia abrumadora de que algo se está gestando más allá de lo que aún puedes ver.
Y si esto te resulta desconocido, si no lo comprendes del todo, quizás sea el momento de caminar junto a creyentes. Personas que pueden ayudarte a reconocerla, a cultivarla y no solo a sentirla, sino a recibirla y disfrutarla, porque la fe no es pasiva.
La fe espera, ¡y la expectativa cambia la forma en que esperamos!
BW
By Berta P. Weyenberg¿Alguna vez has sentido esa sensación abrumadora de que algo está a punto de suceder?
Esa mezcla de expectativa y ansiedad, de la buena.
Esa en la que el corazón se acelera, las manos sudan un poco y la mirada no deja de buscar, como si lo que esperas pudiera llegar en cualquier momento.
Si lo has sentido, entonces sabes exactamente a lo que me refiero.
Así me siento con respecto a la próxima temporada.
Y, sinceramente, anoche fue tan intenso que tuve que detenerme y tomarme un momento para respirar. No por miedo, sino porque la anticipación puede ser intensa cuando tiene un significado profundo.
Imagina vivir con la expectativa de que cosas buenas están por venir.
Y que quede claro, esto no significa que el camino será fácil. Puede haber obstáculos, desafíos y momentos que nos pongan a prueba, pero aun así… algo bueno se acerca. Algo significativo.
¿Y si cada vez que sentimos esa oleada, cada vez que surge esa sensación de inminencia, nos detenemos?
¿Y si reconocemos el momento, nos sentamos con él, lo asimilamos y permitimos que nuestra alma procese lo que está sucediendo?
No como una emoción pasajera. No como una simple euforia, sino como una expectativa sólida y serena de algo que está a punto de ocurrir.
Ese sentimiento, amigo mío, es fe.
Fe que espera movimiento. Fe que anticipa la acción.
Quizás digas: "No soy religioso. No sé qué es la fe".
Bueno, la fe es precisamente ese sentimiento. Ese conocimiento interior. Esa conciencia abrumadora de que algo se está gestando más allá de lo que aún puedes ver.
Y si esto te resulta desconocido, si no lo comprendes del todo, quizás sea el momento de caminar junto a creyentes. Personas que pueden ayudarte a reconocerla, a cultivarla y no solo a sentirla, sino a recibirla y disfrutarla, porque la fe no es pasiva.
La fe espera, ¡y la expectativa cambia la forma en que esperamos!
BW