En la historiografía popular, pocos episodios del siglo XIX han sido tan
malinterpretados —o tan deliberadamente simplificados— como el conflicto armado
que en 1838 enfrentó a Francia y México. A menudo reducido a una anécdota grotesca,
la llamada Guerra de la Tarta evoca una imagen casi caricaturesca: un pastelero francés
cuyo establecimiento en Tacubaya es saqueado por soldados mexicanos, y en represalia,
París envía una flota de guerra que bombardea Veracruz. Pero tras esa fábula
aparentemente ridícula se esconde una historia compleja, profundamente representativa
de las tensiones geopolíticas de la era postcolonial, del auge del imperialismo informal
europeo y de la fragilidad de los nuevos Estados nacionales en América Latina.