“Oye Elisa, ¿a dónde vas tan apurada?”, me dijo una voz familiar.
Me di la vuelta para ver a Cristina caminando rápidamente para encontrarse conmigo. Era el primer día de nuestro semestre y no podía evitar sentirme muy consciente de mi atuendo. Mis zapatos tenían agujeros en los dedos de los pies, mi ropa estaba deslavada y mi mochila estaba unida con un seguro grande y vistoso. Trabajé todas las vacaciones para conseguir dinero para comprar ropa y zapatos nuevos para la escuela, pero mi abuela se enfermó las últimas dos semanas y le di a mi madre el dinero para ayudar con las medicinas.
“Hola, Cris.”, le dije mientras se acercaba y se paraba a lado de mi.
Cris me miró, “¿Pensé que ibas a comprar ropa nueva este semestre?”
Puse los ojos en blanco y seguí caminando, “La abuela se enfermó, y ya sabes cómo es todo eso.”
“¿Tu abuela está bien?”
“Ahora ella está en casa descansando...”, me tropecé y la parte inferior de uno de mis zapatos voló y patiné por el suelo, justo en frente de los chicos populares.
Me quedé ahí congelada y llena de vergüenza mientras Cris corría a buscarme mi zapato.
“Escucha”, dijo mientras regresaba a mi lado, “tengo un poco de pegamento instantáneo en mi mochila.”
Las lágrimas corrían por mi rostro mientras Cris me llevaba gentilmente hacia el baño.
Hola, mi nombre es Elisa.
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