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También era un motivo de locura. Más allá de la geografía, el café
tuvo su fundación mítica. La leyenda más perdurable cuenta la
saga heroica de un pastor y poeta llamado Kaldi que tuvo una epifa-
nía en el siglo IX, en Etiopía: una tarde, observó con inquietud que
las cabras que cuidaba no regresaban después de haber pastado en
una colina cercana. Fue a buscarlas, y cuando las encontró, vio lo
insólito: siempre apacibles y mansas, las cabras comían los frutos de
un arbusto rozagante y estaban excitadas, corrían de aquí para allá,
se golpeaban unas con otras. Trémulo como todo poeta, Kaldi pensó
que se habían envenenado y que iban a morir. Pero las cabras no mu-
rieron, al contrario, estuvieron despiertas toda la noche.
Al día siguiente, regresaron a la misma colina y el pastor comprobó
la insistencia de las cabras en repetir la fuente de esa energía. Audaz
como cualquier pionero, Kaldi probó las frutas del cafeto pero le pa-
recieron amargas. Ya de regreso al pueblo, regaló unas cuantas bayas
a los monjes de un monasterio cercano: a ellos tampoco les gustaron
y las tiraron al fuego. Con la combustión llegó el eureka: la pulpa se
desprendió, las semillas empezaron a tostarse y los granos de café
tomaron forma, sabor y aroma. Los monjes, siempre anhelantes del
estímulo que les permitiera aguantar despiertos las largas noches de
oraciones, adoptaron la infusión y la bautizaron kawah, en honor al
antiguo sha persa Kay Kavus, que, según la mitología, había sido
elevado al cielo en un carro alado (en el nombre del rey aparece otra
explicación para la etimología de la palabra “café”, y en la leyen-
da, una razón por la cual existen tantas cafeterías llamadas Kaldi en
distintos países del mundo).
La leyenda de Kaldi
25
En el siglo XV se registran las primeras plantaciones de cafetos en
Yemen. Si es cierto que el café nació en Etiopía, ¿cómo cruzó el mar
Rojo? Se cuenta que los esclavos sudaneses que eran vendidos a los
árabes mascaban café como quien hoy mastica coca en el consuelo
de un viaje extenuante; y que los clérigos sufíes observaron el efecto
vigorizante de los granos en sus excursiones a Etiopía y los cruzaron
hasta la península arábica. Entonces y ahora, el café se multiplicó
en el tránsito de un lugar hacia otro como la bebida de los viajeros.
Tenga cuidado con las vistas y con la miel, qué mañana le puede pasar a usted.
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By Tonito el MaestroTambién era un motivo de locura. Más allá de la geografía, el café
tuvo su fundación mítica. La leyenda más perdurable cuenta la
saga heroica de un pastor y poeta llamado Kaldi que tuvo una epifa-
nía en el siglo IX, en Etiopía: una tarde, observó con inquietud que
las cabras que cuidaba no regresaban después de haber pastado en
una colina cercana. Fue a buscarlas, y cuando las encontró, vio lo
insólito: siempre apacibles y mansas, las cabras comían los frutos de
un arbusto rozagante y estaban excitadas, corrían de aquí para allá,
se golpeaban unas con otras. Trémulo como todo poeta, Kaldi pensó
que se habían envenenado y que iban a morir. Pero las cabras no mu-
rieron, al contrario, estuvieron despiertas toda la noche.
Al día siguiente, regresaron a la misma colina y el pastor comprobó
la insistencia de las cabras en repetir la fuente de esa energía. Audaz
como cualquier pionero, Kaldi probó las frutas del cafeto pero le pa-
recieron amargas. Ya de regreso al pueblo, regaló unas cuantas bayas
a los monjes de un monasterio cercano: a ellos tampoco les gustaron
y las tiraron al fuego. Con la combustión llegó el eureka: la pulpa se
desprendió, las semillas empezaron a tostarse y los granos de café
tomaron forma, sabor y aroma. Los monjes, siempre anhelantes del
estímulo que les permitiera aguantar despiertos las largas noches de
oraciones, adoptaron la infusión y la bautizaron kawah, en honor al
antiguo sha persa Kay Kavus, que, según la mitología, había sido
elevado al cielo en un carro alado (en el nombre del rey aparece otra
explicación para la etimología de la palabra “café”, y en la leyen-
da, una razón por la cual existen tantas cafeterías llamadas Kaldi en
distintos países del mundo).
La leyenda de Kaldi
25
En el siglo XV se registran las primeras plantaciones de cafetos en
Yemen. Si es cierto que el café nació en Etiopía, ¿cómo cruzó el mar
Rojo? Se cuenta que los esclavos sudaneses que eran vendidos a los
árabes mascaban café como quien hoy mastica coca en el consuelo
de un viaje extenuante; y que los clérigos sufíes observaron el efecto
vigorizante de los granos en sus excursiones a Etiopía y los cruzaron
hasta la península arábica. Entonces y ahora, el café se multiplicó
en el tránsito de un lugar hacia otro como la bebida de los viajeros.
Tenga cuidado con las vistas y con la miel, qué mañana le puede pasar a usted.
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