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En este relato de Luis Soler, con las voces de Juan Cubas y Edu Cendán, se cuenta la historia de Don Rafael.
Don Rafael tenía un método. Una rutina sobre la que desplegaba un plan. Cada día iba avanzando un capítulo más hacia su obra más complicada de llevar a cabo. A lo largo de su vida se había destacado por llevar a cabo complejas hazañas, desde la construcción del famoso y ostentoso puente de Terrabella hasta consolidar un patrimonio dentro de una familia que se había disputado a puñaladas los mejores trozos de la tarta. Don Rafael había sido justo, respetado y resolutivo. Claro que tenía enemigos, pero pocos. Y además también le respetaban. Podría decirse que había cumplido con aquello que se había propuesto en la vida. Aunque tuvo que pasar por momentos muy complicados. El último, el fallecimiento de Encarna, su solícita y amada esposa.
Con el mismo libro de estilo que había llevado siempre, Don Rafael se afanaba en prepararse para el día de su muerte.
A diario iba dando las órdenes precisas para que la familia no acabara a cuchilladas por la suntuosa herencia, algo que ya apreciaba que estaba preparándose. Iba resolviendo temas pendientes, de esos que importan y discernía otras cuestiones más banales que relegaba a sus acólitos. De alguna manera, estaba haciendo un ejercicio de limpieza. Y todo lo hacía con la sensación de que se le acababa el tiempo. El médico le felicitaba por estar tan bien con una edad tan respetable como la suya pero él conocía el tic tac de su propio reloj y tenía la impresión que acometería la más difícil tarea antes de lo que pudiera decir el facultativo. Y empezó a obsesionarse.
By Cadena SEREn este relato de Luis Soler, con las voces de Juan Cubas y Edu Cendán, se cuenta la historia de Don Rafael.
Don Rafael tenía un método. Una rutina sobre la que desplegaba un plan. Cada día iba avanzando un capítulo más hacia su obra más complicada de llevar a cabo. A lo largo de su vida se había destacado por llevar a cabo complejas hazañas, desde la construcción del famoso y ostentoso puente de Terrabella hasta consolidar un patrimonio dentro de una familia que se había disputado a puñaladas los mejores trozos de la tarta. Don Rafael había sido justo, respetado y resolutivo. Claro que tenía enemigos, pero pocos. Y además también le respetaban. Podría decirse que había cumplido con aquello que se había propuesto en la vida. Aunque tuvo que pasar por momentos muy complicados. El último, el fallecimiento de Encarna, su solícita y amada esposa.
Con el mismo libro de estilo que había llevado siempre, Don Rafael se afanaba en prepararse para el día de su muerte.
A diario iba dando las órdenes precisas para que la familia no acabara a cuchilladas por la suntuosa herencia, algo que ya apreciaba que estaba preparándose. Iba resolviendo temas pendientes, de esos que importan y discernía otras cuestiones más banales que relegaba a sus acólitos. De alguna manera, estaba haciendo un ejercicio de limpieza. Y todo lo hacía con la sensación de que se le acababa el tiempo. El médico le felicitaba por estar tan bien con una edad tan respetable como la suya pero él conocía el tic tac de su propio reloj y tenía la impresión que acometería la más difícil tarea antes de lo que pudiera decir el facultativo. Y empezó a obsesionarse.