La mente de Dalí, el laboratorio de la alquimia del oro
Cuando la mente de Dalí despierta,
se abre un crisol de luces y sombras.
Un metal extraño funde sus sílabas,
y en el fondo del lienzo el átomo se vuelve canto.
Allí, en el laboratorio secreto del deseo,
donde la física besa lo onírico,
el tiempo se curva, se derrite,
y los relojes —blandos e injustos—
caen como gotas de sol sobre la arena.
El pasado, el presente y el futuro
se recogen en un solo pulso
que respira en la tela.
Las hormigas han vuelto a su festín macabro,
carne y metáfora, decadencia viva.
Pero en sus cuerpos viles se cuela
una partícula de eternidad, un átomo de nostalgia.
Gala emerge —galaxia maternal—
no como mujer, sino como esfera suspendida,
constelación de deseo y materia,
unidas por la alquimia invisible
que transmuta carne en mito.
Y en el centro del cuadro reposa una jirafa en llamas,
arca de sueños, columna de incendios largos,
un puente entre lo sagrado y lo absurdo.
Porque Dalí no pinta lo que el mundo muestra,
sino lo que su mente escucha
antes de quedarse en silencio.
El oro no es metal. Es luz detenida.
Es átomo suspendido en el éxtasis del instante.
Es materia que sueña con alas,
y que en ese sueño se transmuta en universo.
Así, cada pincelada es un experimento,
cada figura un compuesto cambiante,
cada sueño un fármaco alquímico
y cada cuadro un laboratorio del infinito.
Cuando la mente de Dalí despierta,
el mundo pierde su toga de leyes,
y revela su desnudez:
misterio, caos, belleza líquida.
Y entonces comprendemos
que en su locura tan precisa
el genio forjó una nueva física del alma,
una ciencia donde lo imposible es luminiscencia,
donde lo trivial se convierte en oro —
y donde yo, espectador,
me derrito con deleite
en ese sublime experimento.