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Las encuestas reflejan que el proceso de regularización de migrantes en curso genera en la ciudadanía posiciones enfrentadas. Un tercio la apoya, otro tercio se manifiesta en contra y el tercer tercio se define con menos claridad. El problema es que la regularización, una cuestión muy delicada para nuestra convivencia y para el futuro de nuestra sociedad, se está utilizando como arma arrojadiza, como elemento de polarización. No hubo un pacto inicial entre las fuerzas políticas y es fácil así que los migrantes sean convertidos en un chivo expiatorio del malestar que anida en nuestras sociedades.
Los migrantes cargan con el malestar provocado por un modelo económico que hace cada vez más estrecha la clase media, aumenta las desigualdades, y, sobre todo, dificulta mucho el acceso a la vivienda. Cargan también con el malestar provocado por la insatisfacción política. El uso partidista de las instituciones, un poder distante y a menudo desconectado de los ciudadanos, la sensación de que ha desaparecido todo tipo de ideal, la trinchera infinita, han provocado una deslegitimación del sistema político.
Y al malestar político y económico hay que añadir un malestar existencial: la falta de energía para afrontar los retos de una vida y de un mundo que no se comprenden. En este marco es fácil que los migrantes, a pesar de lo mucho que aportan, carguen con las culpas de una insatisfacción con profundas raíces. Es la misma insatisfacción que alimenta el populismo o la instrumentalización política de lo religioso
By COPELas encuestas reflejan que el proceso de regularización de migrantes en curso genera en la ciudadanía posiciones enfrentadas. Un tercio la apoya, otro tercio se manifiesta en contra y el tercer tercio se define con menos claridad. El problema es que la regularización, una cuestión muy delicada para nuestra convivencia y para el futuro de nuestra sociedad, se está utilizando como arma arrojadiza, como elemento de polarización. No hubo un pacto inicial entre las fuerzas políticas y es fácil así que los migrantes sean convertidos en un chivo expiatorio del malestar que anida en nuestras sociedades.
Los migrantes cargan con el malestar provocado por un modelo económico que hace cada vez más estrecha la clase media, aumenta las desigualdades, y, sobre todo, dificulta mucho el acceso a la vivienda. Cargan también con el malestar provocado por la insatisfacción política. El uso partidista de las instituciones, un poder distante y a menudo desconectado de los ciudadanos, la sensación de que ha desaparecido todo tipo de ideal, la trinchera infinita, han provocado una deslegitimación del sistema político.
Y al malestar político y económico hay que añadir un malestar existencial: la falta de energía para afrontar los retos de una vida y de un mundo que no se comprenden. En este marco es fácil que los migrantes, a pesar de lo mucho que aportan, carguen con las culpas de una insatisfacción con profundas raíces. Es la misma insatisfacción que alimenta el populismo o la instrumentalización política de lo religioso