Nunca fue tratado un criminal en forma tan inhumana como lo fue el Hijo de Dios. Pero una angustia más intensa desgarró el corazón de Jesús; ninguna mano enemiga podría haberle asestado el golpe que le infligió su dolor más profundo. Mientras estaba soportando las burlas de un examen delante de Caifás, Cristo había sido negado por uno de sus propios discípulos.