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El Papa León XIV nos ha recordado este domingo, en la Solemnidad de Pentecostés, que el Espíritu del Resucitado es el Espíritu de la paz, una paz que viene del perdón y nos lleva al perdón. Que es también el Espíritu de la Misión, es la caridad viviente de Cristo que nos desborda, nos impulsa y nos sostiene en la misión.
Y que es, en tercer lugar, el Espíritu de la Verdad. El Espíritu, que habló por medio de los profetas, y que promueve siempre la unidad en la verdad, porque suscita en nosotros comprensión, concordia y coherencia de vida.
Ojalá que la gracia que infundió valentía a los apóstoles, nos la infunda también a nosotros. De la mano de ese Espíritu de la paz, de la misión y de la verdad, necesitamos ser valientes y pedirle, sin miedo, con el corazón ardiente, al Espíritu del Resucitado que, como ha subrayado también el Papa, nos salve de los males que también son de nuestro tiempo.
El mal de la guerra aparece por desgracia en nuestro horizonte cotidiano. Pero la guerra no será vencida por una superpotencia, sino por la omnipotencia del amor. Hemos de rezar para que libere a la humanidad de la miseria, que es rescatada no por una riqueza incalculable, sino por un don inextinguible. Ese don desde el que se entiende la naturaleza humana, reflejo del amor de Dios, que hoy mismo pondrá en valor el propio Papa en su primera Encíclica.
En tiempos de tambores de guerra, la singularidad humana apunta de manera preclara hacia nuestra capacidad de amar. Porque precisamente porque Dios es amor, la naturaleza humana lleva inscrita una capacidad originaria de amor, de darse, de entrar en comunión y de reconocer al otro como un bien.
By COPEEl Papa León XIV nos ha recordado este domingo, en la Solemnidad de Pentecostés, que el Espíritu del Resucitado es el Espíritu de la paz, una paz que viene del perdón y nos lleva al perdón. Que es también el Espíritu de la Misión, es la caridad viviente de Cristo que nos desborda, nos impulsa y nos sostiene en la misión.
Y que es, en tercer lugar, el Espíritu de la Verdad. El Espíritu, que habló por medio de los profetas, y que promueve siempre la unidad en la verdad, porque suscita en nosotros comprensión, concordia y coherencia de vida.
Ojalá que la gracia que infundió valentía a los apóstoles, nos la infunda también a nosotros. De la mano de ese Espíritu de la paz, de la misión y de la verdad, necesitamos ser valientes y pedirle, sin miedo, con el corazón ardiente, al Espíritu del Resucitado que, como ha subrayado también el Papa, nos salve de los males que también son de nuestro tiempo.
El mal de la guerra aparece por desgracia en nuestro horizonte cotidiano. Pero la guerra no será vencida por una superpotencia, sino por la omnipotencia del amor. Hemos de rezar para que libere a la humanidad de la miseria, que es rescatada no por una riqueza incalculable, sino por un don inextinguible. Ese don desde el que se entiende la naturaleza humana, reflejo del amor de Dios, que hoy mismo pondrá en valor el propio Papa en su primera Encíclica.
En tiempos de tambores de guerra, la singularidad humana apunta de manera preclara hacia nuestra capacidad de amar. Porque precisamente porque Dios es amor, la naturaleza humana lleva inscrita una capacidad originaria de amor, de darse, de entrar en comunión y de reconocer al otro como un bien.