La dificultad que tenemos para ver la realidad tal y como es y no como nos gustaría que fuera, unida a nuestra tendencia a tomar la parte por el todo convirtiendo circunstancias comunes o personales en problemas generales, provoca un efecto de distorsión de la realidad que conduce a la exclusión de los que no ven lo que vemos nosotros desde nuestra pequeña atalaya. El resultado es la gran complicación con la que nos enfrentamos a la hora de negociar y pactar a favor del bien común. Un ombliguismo absurdo que crea una cárcel mental en la nos encerramos nosotros solos.