El evangelio de esta semana nos habla de la fe en la Resurrección de Jesús, punto central de nuestra fe. Que Dios nos de la fe para ser dichosos por creer sin haber visto.
“Mucha gente de los alrededores acudía a Jerusalén y llevaba a los enfermos y a los atormentados por espíritus malignos, y todos quedaban curados.” Hechos 5:16
Este segundo domingo de Pascua celebramos la misericordia de Dios con nosotros. Durante la temporada de Pascua, la primera lectura que usualmente proviene del Antiguo Testamento se reemplaza por una del libro de los Hechos de los Apóstoles. Esto con el fin de mostrarnos como vivía la comunidad Cristiana en sus inicios. En el pasaje de este domingo San Lucas nos recalca el poder que tenían los apóstoles de realizar grandes signos, de cierta manera confirmando la presencia de Dios entre ellos, ungidos por el Espíritu Santo para continuar la obra de Jesucristo. Hay que recordar que los milagros en el Nuevo Testamento son realizados como signos del establecimiento del Reino de Dios. En el Reino de Dios no hay lugar para la enfermedad y la muerte; por eso estos signos anuncian su llegada y nos revelan la misericordia de Dios. Otra razón para los milagros de Jesús, como nos dice el documento del Concilio Vaticano II Dignitates Humanae, es el de iluminar su enseñanza e inspirar la fe de las personas. Y esto nos puede llevar a pensar, ¿porque no se realizan milagros el día de hoy? Si se realizan, con seguridad te puedo decir de uno: el de devolvernos la vida espiritual que habíamos perdido por el pecado. Con el Sacramento de la Reconciliación somos restaurados a la vida de gracia, somos restaurados de la muerte espiritual que habíamos sufrido. Otro milagro que se realiza cotidianamente es la Presencia Real de nuestro Señor en la Eucaristía. Milagros hay, para los que con fe tienen ojos para verlos.
“No temas. Yo soy el primero y el último; yo soy el que vive. Estuve muerto y ahora, como ves, estoy vivo por los siglos de los siglos.” – Apocalipsis 1:17-18
La segunda lectura para este domingo de la Divina Misericordia es del libro del Apocalipsis, un libro poco entendido y a veces incluso temido por las personas. Hay que entender el código de signos con el que nos habla para poder descifrar su mensaje. En este pasaje, Juan se identifica como compañero de sus lectores en la tribulación y la paciencia. Es claro que la comunidad a quién va dirigido este escrito sufría de una gran persecución. Los sufrimientos por la persecución son lo que dan entrada a la literatura apocalíptica, como una cierta válvula de escape ante la situación. Cuando la situación presente se vuelve insoportable, la comunidad dirige su mirada hacia un tiempo futuro de resolución, donde Dios traería la victoria. Juan también se identifica con la tradición de otros profetas, quienes también entran en un tipo de éxtasis, donde reciben la revelación de Dios. Las siete iglesias representan a la iglesia entera y al dirigirse así a la iglesia entera, nos muestra la preocupación de Juan (como también la tenia Pablo, Pedro, y seguramente otros) por el bien de todos los fieles. Y es normal, ya que a nosotros los Cristianos nos unen lazos muy estrechos, somos en Cristo partes de su cuerpo. Los siete candeleros de oro nos hablan de la comunidad en oración, ya que este objeto es la menorah usada en el templo. Juan nos describe al que le habla estas revelaciones a alguien “como Hijo de Hombre.” Para entender esta descripción hay que remontarnos al profeta Daniel, con quién se origina la imagen. Jesús es este como hijo de hombre; hombre y Dios a la vez, con la túnica sacerdotal y vestido de manera regia. Jesús es nuestro principio y fin, nuestro alfa y omega, ese que murió por nosotros y cuyo triunfo sobre la muerte celebramos con alegría en esta Pascua.
«La paz esté con ustedes» – Juan 20:19
En el evangelio de este domingo tenemos una de las apariciones de Jesús después de su resurrección narrada...