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El poder, en su forma más corrupta, tiene la capacidad de deshumanizar a quienes lo ostentan. Los líderes que manejan los hilos de la guerra lo hacen con una frialdad que raya en la psicopatía. Desde sus despachos lujosos y protegidos, toman decisiones que afectan a millones de vidas, pero lo hacen sin una empatía real hacia aquellos que sufren las consecuencias. Para ellos, las cifras de muertos son solo estadísticas, números que se ajustan a estrategias geopolíticas. La impunidad con la que actúan es asombrosa: pueden ordenar bombardeos, invasiones o sanciones que devastan países enteros, y luego continuar con sus vidas como si nada hubiera pasado. Esta desconexión moral es un síntoma de cómo el poder total corrompe absolutamente..