El perfeccionismo suele presentarse como una virtud, pero en realidad puede convertirse en un obstáculo silencioso. Lejos de impulsar el crecimiento, la búsqueda constante de la perfección tiende a generar estancamiento, miedo al error y una autoexigencia desproporcionada. El perfeccionista no avanza: corrige, revisa, duda y vuelve a empezar en un bucle continuo donde nada es nunca suficiente.
Esta dinámica roza la obsesión, porque la atención deja de estar en el aprendizaje o el proceso y se fija exclusivamente en el resultado ideal, inalcanzable por definición. El error, necesario para evolucionar, pasa a vivirse como fracaso personal. Así, el perfeccionismo no mejora la calidad de lo que hacemos, sino que paraliza la acción, erosiona la autoestima y desgasta mentalmente.
Aceptar lo imperfecto no es conformismo, sino una forma más sana y realista de avanzar. El progreso nace del movimiento, no de la perfección.
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