ConBERTAciones

La Postilla


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Cuando hay una herida—ya sea por una batalla o una cirugía—el cuerpo responde formando una costra. Esta capa protectora de tejido cubre la herida. La misma sangre que salió de la herida crea una barrera para prevenir infecciones y permite que la piel nueva se regenere debajo.


La costra no es bonita. Es oscura, áspera y a veces dolorosa. No tiene una forma clara, y puede jalar o apretar la piel a medida que se endurece. Si intentas quitarla demasiado pronto, la herida puede volver a sangrar. Pero la costra tiene un propósito. Fue diseñada por Dios para proteger. Y cuando llegue el momento adecuado, se caerá por sí sola.


¿No es asombroso que Dios, el Creador de nuestros cuerpos, haya diseñado este proceso mucho antes de que existiera la herida? Aun antes del dolor, Él ya había preparado la sanidad.


Si hoy estás mirando tu herida—o si tienes una costra, sea física, emocional o espiritual—piensa que es una señal: la sanidad ya ha comenzado. El dolor no durará para siempre. La herida sanará. La costra se caerá. Porque un Dios amoroso ya puso en marcha el proceso—para una piel nueva: fresca, completa y sanada.


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ConBERTAcionesBy Berta P. Weyenberg