Era 10 de noviembre de 1969 y, en alguna parte de los Estados Unidos, una puerta verde se abría hacia un vecindario que nadie había visto antes. Tenía veredas de cartón, faroles que parecían sonreír, y vecinos que podían ser de felpa, de plumas o de espuma. Así comenzaba el primer episodio de Sesame Street, o Plaza Sésamo, la serie que cambiaría para siempre la manera en que la televisión hablaba a los niños. No con voz de adulto, sino con la complicidad juguetona de quien también está aprendiendo.