
Sign up to save your podcasts
Or


La primera tentación es construir nuestra identidad sobre lo que hacemos. ¿De qué manera cedemos nosotros frente a esta tentación? ¿Qué actividades realizamos que persiguen el único fin de comprobar que somos hijos de Dios? ¿Cómo conseguimos desactivar esta tendencia?
Llega al fin nuestra reflexión sobre la primera tentación de Cristo, aunque espero que continúe meditando sobre los conceptos ya compartidos. El diablo nos tiende lazo de muchas maneras en esta área. Somos presa fácil porque tendemos a desconfiar de aquellos que quieren regalarnos algo a cambio de nada. «Alguna trampa debe tener», pensamos.
El evangelio muestra que somos escandalosamente libres de la necesidad de ganarnos el afecto del Padre. Dios ama, y ama generosamente. «Mientras estábamos muertos en nuestros delitos, él dio su vida por nosotros». Él brinda su amor sin demandarnos que trabajemos para obtenerlo. No obstante, una de las realidades más absurdas del pueblo de Dios es que nos pasamos la vida tratando de obtener lo que el Padre ya nos ha dado. Somos como el hermano mayor, en la parábola del hijo pródigo, que trabajaba sin descanso procurando, algún día, disfrutar de un cordero engordado. ¡Qué tristeza contenían las palabras del padre! «Hijo mío, todo lo que tengo es tuyo». Cuánto esfuerzo había derramado en vano buscando adquirir algo que ya era suyo. Del mismo modo, el hijo pródigo, en su regreso a casa, pensaba que necesitaba hacer «buena letra» por un tiempo, antes de que su padre lo restaurara al seno de la familia. Mas el Padre le recibió con fiesta y alegría, sin pedir nada a cambio.
La respuesta del Cristo al diablo señala la postura que todo cristiano debe tener. «El Padre ha hablado y no queda más qué decir, ni hacer». Nos invita al descanso que resulta de saber que la gracia actúa en nuestras vidas. Cesan nuestras maniobras, nuestras preocupaciones y nuestras inseguridades. En lugar de esto, el Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que «somos hijos de Dios». Esas palabras del Padre deben ser el consuelo y el sustento de nuestro diario andar. En ellas podemos sentirnos seguros, amados y especiales porque vienen de una fuente confiable.
¿Qué hará Dios para ayudar a que estas palabras se afiancen en nuestros corazones y echen raíces profundas? Nos conducirá a lugares de dificultad. Todos nosotros podemos fácilmente «confiar» en una persona que creemos «garantizada» con nuestro compromiso. Pero es justamente esta confianza la que se desmorona cuando la otra persona deja de comportarse como nosotros queremos, porque la relación descansaba sobre un fundamento inseguro. La relación que crece y perdura es aquella que ha sido forjada en medio de las luchas y los golpes de la vida, en los que confiar en el otro es una decisión. El Padre nos invita a esta decisión, cada día.
Cristo, en esta primera tentación, se plantó sobre la palabra del Padre. Eligió creer que lo que Dios había dicho era más confiable que cualquier otra cosa en el universo. ¡Esta es la base de una vida de victoria! No son más que palabras, pero tienen el respaldo del Creador del Universo.
By Eduardo DíazLa primera tentación es construir nuestra identidad sobre lo que hacemos. ¿De qué manera cedemos nosotros frente a esta tentación? ¿Qué actividades realizamos que persiguen el único fin de comprobar que somos hijos de Dios? ¿Cómo conseguimos desactivar esta tendencia?
Llega al fin nuestra reflexión sobre la primera tentación de Cristo, aunque espero que continúe meditando sobre los conceptos ya compartidos. El diablo nos tiende lazo de muchas maneras en esta área. Somos presa fácil porque tendemos a desconfiar de aquellos que quieren regalarnos algo a cambio de nada. «Alguna trampa debe tener», pensamos.
El evangelio muestra que somos escandalosamente libres de la necesidad de ganarnos el afecto del Padre. Dios ama, y ama generosamente. «Mientras estábamos muertos en nuestros delitos, él dio su vida por nosotros». Él brinda su amor sin demandarnos que trabajemos para obtenerlo. No obstante, una de las realidades más absurdas del pueblo de Dios es que nos pasamos la vida tratando de obtener lo que el Padre ya nos ha dado. Somos como el hermano mayor, en la parábola del hijo pródigo, que trabajaba sin descanso procurando, algún día, disfrutar de un cordero engordado. ¡Qué tristeza contenían las palabras del padre! «Hijo mío, todo lo que tengo es tuyo». Cuánto esfuerzo había derramado en vano buscando adquirir algo que ya era suyo. Del mismo modo, el hijo pródigo, en su regreso a casa, pensaba que necesitaba hacer «buena letra» por un tiempo, antes de que su padre lo restaurara al seno de la familia. Mas el Padre le recibió con fiesta y alegría, sin pedir nada a cambio.
La respuesta del Cristo al diablo señala la postura que todo cristiano debe tener. «El Padre ha hablado y no queda más qué decir, ni hacer». Nos invita al descanso que resulta de saber que la gracia actúa en nuestras vidas. Cesan nuestras maniobras, nuestras preocupaciones y nuestras inseguridades. En lugar de esto, el Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que «somos hijos de Dios». Esas palabras del Padre deben ser el consuelo y el sustento de nuestro diario andar. En ellas podemos sentirnos seguros, amados y especiales porque vienen de una fuente confiable.
¿Qué hará Dios para ayudar a que estas palabras se afiancen en nuestros corazones y echen raíces profundas? Nos conducirá a lugares de dificultad. Todos nosotros podemos fácilmente «confiar» en una persona que creemos «garantizada» con nuestro compromiso. Pero es justamente esta confianza la que se desmorona cuando la otra persona deja de comportarse como nosotros queremos, porque la relación descansaba sobre un fundamento inseguro. La relación que crece y perdura es aquella que ha sido forjada en medio de las luchas y los golpes de la vida, en los que confiar en el otro es una decisión. El Padre nos invita a esta decisión, cada día.
Cristo, en esta primera tentación, se plantó sobre la palabra del Padre. Eligió creer que lo que Dios había dicho era más confiable que cualquier otra cosa en el universo. ¡Esta es la base de una vida de victoria! No son más que palabras, pero tienen el respaldo del Creador del Universo.