“Y cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, le crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Y repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes. Y el pueblo estaba mirando; y aun los gobernantes se burlaban de él, diciendo: A otros salvó; sálvese a sí mismo, si éste es el Cristo, el escogido de Dios. Los soldados también le escarnecían, acercándose y presentándole vinagre, y diciendo: Si tú eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo.” (S. Lucas 23: 33-37).
El Calvario parece muy distante, muy desconectado de esta era de desasosiego en que vivimos. Como cristianos le tributamos reverencia, por cierto. Pero, para la mayor parte de los que profesan el cristianismo, la cruz es una especie de reliquia religiosa o instrumento devocional que se usa o que se quita a voluntad. Y aun cuando se detengan a pensar en el Calvario, ¿saben realmente lo que significa, o por qué ha tenido que acontecer? ¿Por qué, al fin y al cabo, Jesús tuvo que morir?