Hay momentos en la vida en los que creemos saber quiénes somos.
Somos hijas, esposas, madres, profesionistas, amigas… construimos una identidad alrededor de las personas que amamos, de nuestras responsabilidades y de la vida que imaginamos.
Pero ¿qué sucede cuando, de pronto, la vida cambia nuestros lugares?
¿Qué pasa cuando una mujer tiene que despedirse no solamente de una relación o de una etapa, sino también de la manera en la que había imaginado ejercer su maternidad?
Hay historias que no terminan cuando algo se rompe.
Simplemente cambian de forma.
Y quizá una de las tareas más difíciles de la vida adulta sea descubrir que podemos perder lugares, relaciones, certezas e incluso la vida que habíamos imaginado… sin perdernos para siempre a nosotros mismos.
La historia de Sonia nos recuerda algo importante:
Una mujer no es solamente uno de sus roles.
No es únicamente esposa.
No es únicamente madre.
No es únicamente aquello que otros dicen de ella.
Hay una identidad que permanece debajo de todos esos nombres y que, algunas veces, tenemos que volver a conocer.
Y reconstruirse no significa olvidar a quienes amamos ni negar lo que dolió.
Significa permitirnos seguir viviendo.
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