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Los dos textos que más han marcado mi vida hablan de literatura. No sé cuantas veces he podido leerlos. El primero de ellos, el discurso de Mario Vargas Llosa cuando recibió el Nobel en 2010 que llegó a mis manos recién cumplidos mis dieciocho marcó claramente mi pasar: «todo aprendiz de escritor debe pasar por París». Al mes me suscribí al único programa que iba a permitirme acabar allí por largo tiempo. El resto ya lo sabéis.
El otro es también un alegato, el que hizo Javier Marías cuando ganó el premio Rómulo Gallegos, y en él dice: «¿Por qué seguimos leyendo novelas y apreciándolas y tomándolas en serio y hasta premiándolas, en un mundo cada vez menos ingenuo? […] Todos tenemos en el fondo la misma tendencia, es decir a irnos viendo en las diferentes etapas de nuestra vida como el resultado y el compendio de lo que nos ha ocurrido y de lo que hemos logrado y de lo que hemos realizado, como si fuera tan sólo eso lo que conforma nuestra existencia. Y nos olvidamos casi siempre que las vidas de las personas no son sólo eso; cada trayectoria se compone también de nuestras pérdidas y nuestros desperdicios, de nuestras omisiones y nuestros deseos incumplidos, de lo que una vez dejamos de lado o no elegimos o no alcanzamos, de las numerosas posibilidades que en su mayoría no llegaron a realizarse -todas menos una a la postre-, de nuestras vacilaciones y nuestras ensoñaciones, de los proyectos fustrados y los anhelos falsos o tibios, de los miedos que nos paralizaron, de lo que abandonamos o nos abandonó a nosotros. Las personas tal vez consistimos, en suma, tanto en lo que somos como en lo que no hemos sido, tanto en lo comprobable y cuantificable y recordable como en lo más incierto, indeciso y difuminado, quizá estamos hechos en igual medida de lo que fue y de lo que pudo ser.
María me ha pedido que escriba sobre las historias que ya no merece la pena contar y por mucho que le he dado vueltas, no se me ocurre ninguna. Hay palabras que creo que no procede decir como ya hablamos una vez, pero historias no. Relatar lo luminoso a la par que lo oscuro, lo justo y lo despótico, la narración como denuncia o como salvación, lo que pasó y lo que nos esquivó es la única manera que se me ocurre para llegar a tener una concepción lo más amplia posible de lo que somos. Contar lo que otros no pueden (aunque el impacto parezca mínimo) es también respetar y sacralizar el increíble milagro que sin duda es un ser humano.
Sin embargo sí veo nítidamente un matiz. Esa historia que siempre se debe contar hay que saber cómo contarla. Inevitable objetividad si va de nosotros, es lógico. El primer paso entiendo (y en esto aún estoy en el camino) es saber que las historias pasadas son precisamente eso, pasadas; la rabia, el escozor, la pena no hacen más que entorpecer ese contar. Es evidente que no siempre nos salen las cosas como quisiéramos, pero si bien todos aquellos sucesos deben contarse, no deben tratarse como una venganza personal o un recordatorio rencoroso cargado de ira. Isabel Coixet escribió un articulazo el domingo en el que decía: «He olvidado muchas cosas y a muchas personas, y es mejor así. ¿Tiene algún sentido recordar los nombres de personas que no hicieron sino fastidiarme, todo lo que pudieron, la vida? Me parece un sueño utópico, no deseo olvidar lo oscuro y es importante en mi biografía, pero sí comparto de alguna forma ese olvido, que no es otra cosa que verlo y observarlo todo desde la tribuna. Con paz.
Todas las historias merecen ser contadas, pero mis favoritas son las buenas, claro. Frente a lo que no salió lo que sí somos. Esas historias que sí pasan todos los días y que teñidas de cotidianeidad parecen evidentes e irrelatables. Hay a lo largo de la vida cuatro, a lo sumo cinco acontecimientos puntuales que nos marcan irremediablemente, el resto son sucesos normales. Son tan importantes los primeros como los segundos. Hay un límite respecto a este principio que defiendo: jamás merece la pena contar lo ajeno. Lo que no nos corresponde o no es nuestro. Aunque ese sea otro tema.
Yo creo firmemente que merece la pena contar todo lo que se refiera al ser humano, pero especialmente lo pequeño, lo imperceptible. Que mis líneas solo se encaminen hacia el amor, hacia la luz, hacia la inmensidad, hacia el arraigo, hacia lo justo y hacia lo bueno, y si para eso tengo que contar todo lo que está roto, lo oscuro, lo escaso, el desarraigo o lo injusto, si para ello tengo que hablar de la maldad porque eso puede generar cualquier cambio o ampliar la voz de los que no pueden, esos párrafos deberán escribirse. Con increíble urgencia. Me va la vida en ello.
Lo mejor que podemos contar defender y vivir es el amor.
@viedeflavie
By La VieLos dos textos que más han marcado mi vida hablan de literatura. No sé cuantas veces he podido leerlos. El primero de ellos, el discurso de Mario Vargas Llosa cuando recibió el Nobel en 2010 que llegó a mis manos recién cumplidos mis dieciocho marcó claramente mi pasar: «todo aprendiz de escritor debe pasar por París». Al mes me suscribí al único programa que iba a permitirme acabar allí por largo tiempo. El resto ya lo sabéis.
El otro es también un alegato, el que hizo Javier Marías cuando ganó el premio Rómulo Gallegos, y en él dice: «¿Por qué seguimos leyendo novelas y apreciándolas y tomándolas en serio y hasta premiándolas, en un mundo cada vez menos ingenuo? […] Todos tenemos en el fondo la misma tendencia, es decir a irnos viendo en las diferentes etapas de nuestra vida como el resultado y el compendio de lo que nos ha ocurrido y de lo que hemos logrado y de lo que hemos realizado, como si fuera tan sólo eso lo que conforma nuestra existencia. Y nos olvidamos casi siempre que las vidas de las personas no son sólo eso; cada trayectoria se compone también de nuestras pérdidas y nuestros desperdicios, de nuestras omisiones y nuestros deseos incumplidos, de lo que una vez dejamos de lado o no elegimos o no alcanzamos, de las numerosas posibilidades que en su mayoría no llegaron a realizarse -todas menos una a la postre-, de nuestras vacilaciones y nuestras ensoñaciones, de los proyectos fustrados y los anhelos falsos o tibios, de los miedos que nos paralizaron, de lo que abandonamos o nos abandonó a nosotros. Las personas tal vez consistimos, en suma, tanto en lo que somos como en lo que no hemos sido, tanto en lo comprobable y cuantificable y recordable como en lo más incierto, indeciso y difuminado, quizá estamos hechos en igual medida de lo que fue y de lo que pudo ser.
María me ha pedido que escriba sobre las historias que ya no merece la pena contar y por mucho que le he dado vueltas, no se me ocurre ninguna. Hay palabras que creo que no procede decir como ya hablamos una vez, pero historias no. Relatar lo luminoso a la par que lo oscuro, lo justo y lo despótico, la narración como denuncia o como salvación, lo que pasó y lo que nos esquivó es la única manera que se me ocurre para llegar a tener una concepción lo más amplia posible de lo que somos. Contar lo que otros no pueden (aunque el impacto parezca mínimo) es también respetar y sacralizar el increíble milagro que sin duda es un ser humano.
Sin embargo sí veo nítidamente un matiz. Esa historia que siempre se debe contar hay que saber cómo contarla. Inevitable objetividad si va de nosotros, es lógico. El primer paso entiendo (y en esto aún estoy en el camino) es saber que las historias pasadas son precisamente eso, pasadas; la rabia, el escozor, la pena no hacen más que entorpecer ese contar. Es evidente que no siempre nos salen las cosas como quisiéramos, pero si bien todos aquellos sucesos deben contarse, no deben tratarse como una venganza personal o un recordatorio rencoroso cargado de ira. Isabel Coixet escribió un articulazo el domingo en el que decía: «He olvidado muchas cosas y a muchas personas, y es mejor así. ¿Tiene algún sentido recordar los nombres de personas que no hicieron sino fastidiarme, todo lo que pudieron, la vida? Me parece un sueño utópico, no deseo olvidar lo oscuro y es importante en mi biografía, pero sí comparto de alguna forma ese olvido, que no es otra cosa que verlo y observarlo todo desde la tribuna. Con paz.
Todas las historias merecen ser contadas, pero mis favoritas son las buenas, claro. Frente a lo que no salió lo que sí somos. Esas historias que sí pasan todos los días y que teñidas de cotidianeidad parecen evidentes e irrelatables. Hay a lo largo de la vida cuatro, a lo sumo cinco acontecimientos puntuales que nos marcan irremediablemente, el resto son sucesos normales. Son tan importantes los primeros como los segundos. Hay un límite respecto a este principio que defiendo: jamás merece la pena contar lo ajeno. Lo que no nos corresponde o no es nuestro. Aunque ese sea otro tema.
Yo creo firmemente que merece la pena contar todo lo que se refiera al ser humano, pero especialmente lo pequeño, lo imperceptible. Que mis líneas solo se encaminen hacia el amor, hacia la luz, hacia la inmensidad, hacia el arraigo, hacia lo justo y hacia lo bueno, y si para eso tengo que contar todo lo que está roto, lo oscuro, lo escaso, el desarraigo o lo injusto, si para ello tengo que hablar de la maldad porque eso puede generar cualquier cambio o ampliar la voz de los que no pueden, esos párrafos deberán escribirse. Con increíble urgencia. Me va la vida en ello.
Lo mejor que podemos contar defender y vivir es el amor.
@viedeflavie