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Este podcast de diciembre lo grabamos mientras hacíamos un directo en nuestras respectivas cuentas de Instagram (@viedeflavie y @maria_sabani), de ahí, ciertas interacciones no tan habituales.
Recomendaciones de lo hablado en el podcast:
* Ir a ver las luces de Navidad, y si os apetece subir al Navibus de Madrid aquí esta toda la información.
* Jobo (solo en Madrid)
* Señora de rojo sobre fondo gris: fechas y entradas
* Escultura de Miguel de Unamuno en Fuerteventura
* Frase de María: «Muere lentamente quien no viaja, ni lee, quien no sueña, quien no confía, quien no lo intenta». Martha Medeiros
* ¡Hablar con cualquier persona que se cruce en vuestro camino!
Agradecemos de nuevo la increíble intro del podcast creada por @akamatador y os dejamos enlace a su perfil de Spotify. También a Sandra, por habernos regalado el tema para el último podcast del año.
Os recordamos que, para que podáis recibir la última carta del año, necesitamos vuestra dirección postal (calle, número, código postal) incluido el nombre completo con apellidos, lo más pronto posible. Da igual desde dónde nos leáis, os llegará. ¡Prometido!
María y Flavia
¡Buenas tardes! Volvemos con el podcast mensual en un noviembre un poco ajetreado que nos ha impedido seguir la regularidad de siempre.
Hoy hablamos sobre la admiración y aquellas personas a quienes admiramos, sobre qué comportamientos son dignos de admirar y como siempre sobre mil asuntos más relacionados con el amor, con lo humano y con el arte. Esperamos que os guste mucho.
Recomendaciones:
-Exposición Ilse Bing
-Exposición de Ramón Vázquez Molezún
Libros y artículos:
-Libro «Más allá de las paredes»:
-Artículo Rosa Montero sobre las flores
Cine:
-Documental «Nómadas»
-Cinco lobitos (2022)
-Lugares a los que nunca hemos ido (2022)
Juego para conocer a tus amigos:
-We are not really strangers
Y, como está empezando a ser habitual… algo nuevo en el final.
Feliz mes de noviembre. Llamad a quienes admiréis y decídselo; no demos todo por hecho.
@viedeflavie
@maria_sabani
Feliz comienzo de octubre.
Volvemos este mes de nuevo con un podcast que tendrá finalmente carácter mensual gracias a la bienvenida tan acogedora que tuvo el de septiembre. Hoy hablamos sobre la vocación, la pasión y la forma de compaginar las dos con las obligaciones, sobre el otoño y lo humano y también acerca de la forma de mirar y de estar.
Esperamos que os guste y que tengáis un inicio de estación ilusionante.
Recomendaciones:
* Instagram Gaia Studio
* Discurso de Javier Marías: http://www.javiermarias.es/PAGINASDEPREMIOS/DiscursodeJMRomuloGallegos.html
* Podcast Guillermo Fesser y enlace a su libro:
* Momento Bella Hadid x Coperni SS23:
* Exposición Museo ICO: https://www.fundacionico.es/amaneceres-domesticos
* Instagram de la arquitecta Tatiana Poggi
-La última recomendación fuera del Podcast es la nueva canción de nuestro amigo Jimmy, miembro de @cometasclubdefans, que además de ser una pasada tiene un videoclip increíble:
Muchas gracias por todos y por aquí nos vemos el miércoles que viene, ¡que tengáis una semana estupenda!
María y Flavia
@maria_sabani
@viedeflavie
Feliz comienzo de septiembre.
Hemos pensado cambiar el formato de la primera carta posvacacional a podcast para conseguir daros una bienvenida más calurosa. Que lo disfrutéis.
¡Qué bien estar de vuelta!
Exposiciones:
https://www.museothyssen.org/exposiciones/cartas-artistas-coleccion-anne-marie-springer
https://www.casademexico.es/exposicion/frida-kahlo/
https://www.museoreinasofia.es/
Cine:
https://www.cinetecamadrid.com/
https://www.filmaffinity.com/es/film457848.html
Lugares:
https://goo.gl/maps/saSkrkfSpcch5mcRA
https://goo.gl/maps/mPksyxK7DSSjpmxG8
Libros:
https://www.siruela.com/archivos/fragmentos/BiografiaSilencio.pdf
https://circulodetiza.es/libros/feria/
https://www.penguinlibros.com/es/biografias/37186-libro-noches-azules-9788439736585
Serie: https://www.apple.com/es/tv-pr/originals/the-morning-show/
Música:
Aka Matador:
Pipiolas:
Concierto en el Mercado de Diseño: https://vivetix.com/entradas-back-to-school-2022-mercado-de-diseno#/re6d8sJSJV8
Nos vemos la semana que viene,
María y Flavia
Esta es la última newsletter de La Vie, antes de que comience el mes de agosto y, por tanto, las vacaciones nos ganen terreno y, sobre todo, tiempo.
Últimamente ronda sobre mi cabeza y en conversaciones cercanas la importancia de saber venderse. Es decir, ese arte por contar sobre uno mismo y ponerse en valor, en el que hay que compensar los pesos para no caer en la soberbia. La cuestión a veces se encuentra en que entre no decir nada y decirlo todo, nos quedamos en la primera parte y juega como detrimento en muchos aspectos. Me lo apuntaré como tarea para este mes de agosto.
Aplicándolo ya en esta newsletter, admiro que hayamos llegamos a la última semana de julio prácticamente sin fallar ni una semana. Hay veces que os hemos enviado estas cartas los miércoles, generalmente los jueves y puntualmente algún viernes, pero nuestro compromiso es tan fuerte que los malabares parecen menos difíciles.
Nos encanta escribir La Vie. Cada semana es un reto. Para quienes no lo sepáis, Flavia y yo nos vamos dando los temas la una a la otra justo cuando empieza la semana; esto nos obliga a reflexionar de manera intensa en pocos días y a fijarnos en nuestra vida y nuestra rutina para exprimir cada temática. Es divertido. Aunque posiblemente lo es más leer vuestras respuestas, anécdotas o cualquier pensamiento que decidís compartir. Vuestras palabras le dan sentido a cada texto.
‘‘Las cosas no son como fueron, si no como las recordamos’’, ese es el tema para esta semana. Esta frase elegida por Flavia, como fusión de García Márquez y Alberto Moreno, me parece que es tan grande como individual. El sustantivo ‘‘cosas’’ abarca todo y nada, pero en esta frase contiene más emociones que tangibles. Cuántas cosas fueron y vaya la dimensión que les hemos dado.
Cuando compartes en voz alta un recuerdo con alguien que vivió lo mismo, a veces se da la situación en la que lo que tú tenías en tu cabeza y, por tanto, el recuerdo al que habías vuelto mentalmente varias veces, está siendo negado por quien tienes delante. En ese momento, aún sabiendo que la otra persona hace el matiz sobre el recuerdo de manera inocente y con voluntad de aclarar algún detalle, el recuerdo se desmorona: cambia de forma, se mueve del lugar donde tú lo habías dejado. Igual ahora es mejor de lo que lo recordabas o ha perdido algo de lustre tras la aclaración no solicitada, pero esa memoria ahora parece que cuenta con más verdad; sin embargo, no es más verdad, sino otra verdad.
Últimamente estoy centrada en que mis recuerdos floten, que dejen de estar tan asentados y ordenados. Gozo de buena memoria y, por ahora, sé que no se irán, en cambio, cuando uno suelta y deja un poco ir, como si de un globo con helio se tratase, cuando vuelve, todo sigue ahí. El empeño por controlar y querer tener una extensión de protección y cuidado sobre las cosas (y lo que no son cosas) nos hace perder lucidez.
Por tanto, para concluir, tres puntos a tener en cuenta para este mes de agosto:
* Véndete, habla bien de ti, sin caer en la soberbia.
* Hay momentos especiales de los que quizá no hace falta volver a hablar de ellos.
* Suelta, no intentes controlar todo y menos tus recuerdos; que se posen donde deseen, cuando quieras volver a ellos, seguirán.
Nos vemos en septiembre. Descansad y disfrutad; en el orden en el que necesitéis.
@maria_sabani
Un atardecer que fue y posiblemente será recordado diferente. Y está bien. En la imagen y en la voz que abre esta newsletter y rompe con lo hecho hasta ahora, Nacho (@akamatador en las plataformas digitales de música, por si queréis ambientaros vuestros planes de agosto).
Me parece fascinante la vida, me parece fascinante vivir. Hay gente increíble ahí fuera. Todo el tiempo. Me la cruzo cuando salgo a correr, cuando voy a por el pan, cuando estoy en el bus. Lo presiento y al mismo tiempo lamento no poder conocerla. Es alucinante.
Quiero a muchísimas personas, repartidas a lo largo del mundo. Por una razón o por otra he tenido la suerte de topar con ellas en los lugares más inverosímiles y mantener el contacto a día de hoy. Como con Dani, un amigo mexicano al que conocí hace cuatro años en el D.F, con el que a día de hoy me mando cartas por correo electrónico. Da igual la frecuencia, siempre sucede. Este septiembre estará en Europa y nos veremos. Como Laura, de Panamá, con quien hablo por Facetime dos veces al año. Como a mis amigos de París, a los que nunca olvido y cuyas vidas me importan una barbaridad. Trato de estar al día de lo que sucede a su alrededor, aunque no sepa cuándo será la próxima vez que los vea.
Ojalá poder estar en muchos lugares al mismo tiempo, estar cuando sufren y cuando se enamoran, cuando se ríen. Lo que más echo de menos de la gente a la que amo es su risa y sus manos.
El fenómeno sobre el que hoy escribo es «quedar y ponerse el día». Sucede todo el tiempo precisamente por lo contrario a mi anhelo, es inverosímil seguir con atención la vida de todos los que amamos. Se vuelve entonces una vez al mes, al trimestre, al año, a ese «café pendiente» que nada tiene que ver con esas promesas espontáneas que solemos hacer cuando encontramos a un conocido por la calle, ese «ay, a ver si nos tomamos algo» que jamás ocurre. Tal vez porque ese tren ya pasó, porque esa amistad se diluyó y ya no interesa.
Sin embargo a veces sí, a veces nos va la vida en ello. Es entonces cuando de repente te encuentras esperando en una terraza fumándote un piti (en mi caso) cuando en la lejanía ves venir a lo lejos a aquella persona y piensas: «cómo he podido olvidar todo este tiempo esa forma tan particular de andar, ese rastro que deja cuando pasa, cómo quiero a esta persona». Y te levantas y te fundes en un profundo abrazo. Me gusta muchísimo ponerme al día porque se va directo a lo importante. De forma inconsciente tejemos todos un resumen sobre lo relevante que deja atrás todas las horas de angustia y de tedio. Siempre siento que hablo de corazón a corazón, tanto que al poco tiempo ya hemos deshecho nuestro alma en pedazos y pasamos a recordar viejos tiempos. Hay siempre algo que se mantiene intacto. Ese «ser que fuimos» compartido por un periodo de tiempo determinado, ese entendimiento candente e intocable. Y luego esa persona se irá y nosotros también, y puede que vuelva a pasar muchísimo tiempo hasta la próxima vez, pero cuando estás caminando de vuelta a casa sonríes y piensas «deseo que a esta persona le vaya genial, deseo no perderle la pista jamás».
Algunas veces, de repente, retomas el contacto. La urgencia es irresistible, ya sea porque en el periodo en el que estás, quien eres y quien es el de en frente se necesitan. Otras porque nunca dejaron de hacerlo y fue la vida, simplemente, la que pasó. En ocasiones esa vuelta a casa es mucho más fuerte de lo que nunca fue. A mí me pasó con Ana, a quien vi en septiembre después de cinco años sin coincidir a penas. Nos conocemos de clases particulares de inglés. Ahora nos vemos todas las semanas.
A mí me pasó con María cuando muchos años después de la última vez que coincidimos, estimo quince o así, siendo niñas (y recalco esto porque de alguna forma siento que es esa niñez uno de los motores de nuestra amistad, saber que de alguna forma existimos en lo que pasó en aquellos en viajes pueriles e ingenuos) quedamos en la terraza de Lobbo y hablamos de todo lo que en realidad nunca habíamos hablado, hasta tal punto que creo que desde ese día no ha vuelto a pasar ninguno sin que nos enviemos algo. De esa puesta al día nace La Vie.
Voy a tomarme la licencia aprovechando que es la última carta que os envío antes del verano de sugeriros que hoy escribáis a alguien a quien llevéis tiempo sin saber cómo le va y os toméis algo. La vida se muestra infinita ahí.
Me despido hasta septiembre y os deseo un verano invencible, como del que habla Camus, que siempre está dentro. El correo de La Vie está como siempre abierto todos los días del año a todas horas para lo que necesitéis o queráis compartir con nosotras. En septiembre sea como sea entre nosotros nos pondremos al día ❤️.
Nos hemos abanderado del viajar. En tiempos de Tuenti, en «aficiones», escribíamos viajar. Anteriormente, tras las vacaciones, sean cuales fueran, ibas a casa de tus amigos, quienes te invitaban a comer o cenar y, de paso, te enseñaban su viaje más reciente; a través de un álbum de fotos observabas el retrato a los protagonistas, los diferentes detalles arquitectónicos de edificios que ya no recordaban el nombre o de animales autóctonos del lugar, si de un viaje más salvaje se trataba.
He leído muchos CVs donde en «gustos» o «hobbies» se indicaba viajar.
No sé si lo estamos banalizando un poco.
Tengo una pregunta, ¿hay alguien a quien no le guste viajar?
Puedes hacerlo para sentirte extraño en un lugar desconocido o para hacerlo donde hace tiempo que no vuelves.
Hay quien viaja para huir de algo que le atormenta de su presente, como si huir de los problemas yendo a otro lugar, estos no te persiguiesen.
Hay quien viaja y se encuentra, como en Come, Reza, Ama. (Ojalá pusieran esta película en el avión que me dispongo a coger mientras escribo esto ahora, tras tres horas de escala).
Y luego hay una mayoría que viaja en periodos establecidos, cuando las tarifas (por esto mismo) son más altas y todos los lugares están más llenos. Al menos, me consuela pensar que esos destinos se encuentran repletos de personas de este mismo último grupo. Gente que ansiamos un poquito de calma, un poquito de paz, pudiendo ser estas encontradas en planes trepidantes (de no pisar la habitación del hotel más que para dormir) u otros como los de no levantarte de la hamaca.
Cada uno tiene sus motivos y todos son válidos.
Porque uno se encuentra con un yo diferente cada vez que viaja a algún sitio. A propósito, los pequeños Alfonso y Sofía me preguntaron sobre qué es el yo, durante esta semana de vacaciones. Cambié en mi explicación mi ‘‘yo’’ por mi ‘‘ser’’ y volvieron a cuestionar sobre este último. Entonces, lo sustituí por ‘‘mí misma’’. La inmensidad de uno mismo sorprende más cuando uno para y reflexiona sobre ella. Y, para esto, viajar me parece buenísimo.
Olvidar en qué día de la semana te encuentras; mirar el móvil porque quieres cuando quieres y no porque tengas que hacerlo.
Pasar tiempo en silencio; volver a prestar atención a temas que te gustan y darte cuenta que nunca dejaron de hacerlo, simplemente no pudiste estar suficientemente atento.
Leerte un libro, o varios, o ponerte al día con La Vie.
Sentirte más libre y más seguro. Pensar y reflexionar sobre decisiones importantes, pero dejar de cierto modo que en las vacaciones sea la improvisación su protagonista.
Disfrutar todo y, por encima de lo demás, disfrutarlo y degustarlo con detalle.
He hecho ‘‘el muerto’’ flotando en el mar, intentando grabar en mí lo que siento en esos momentos. Lo he deseado con mucha fuerza. Mi objetivo es almacenar esa sensación como recurso futuro: para cuando me falte motivación, o sienta tristeza, o el estrés o agobio se estén batiendo conmigo.
Cada uno debería tener un par de recursos de este tipo para su vida, para que figuren como salvavidas en tu día a día. Just in case.
Casualmente, los míos siempre suelen estar vinculados al mar, sin ser yo precisamente una devota de las aguas. Quizás es porque lo vinculo con las vacaciones. No sé.
De pequeña, en momentos de incertidumbre, mi madre me intentaba transportar mentalmente a Disneyland Paris. No recuerdo que me encantara el parque temático en sí, sin embargo supongo que a todos nos alivia volver, mental o físicamente, a aquellos lugares donde hemos sido felices.
A Sofía, por la conversación tan profunda en una niña tan pequeña sobre por qué ocurre la muerte y recordarme la relevancia de la vida.
Todo el mundo que me rodea sabe que tengo el síndrome de Diógenes. Es un problema que roza la obsesión: guardo conmigo cualquier mínima muestra material de mi pasar. Esto significa no solamente lo típico, entradas de cine, cartas, postales, fotos, tickets. Incluye recibos del súper si la compra la hice con alguien amado o en París, las bolsas o los envoltorios de regalos y libros, pulseras, piedras, cosas que me encuentro por la calle, pétalos de flores. Siento que si no lo guardo las historias se escapan y nunca podré recordarlas con la misma nitidez.
Digo que es un problema mientras leo las «Las noches azules» de Joan Didion. En un pasaje concreto ella escribe: «Hubo una época, una época larga, desde mi infancia hasta hace bastante poco, en que me pareció que sí los quería. Una época en la que creí que podría tener a la gente plenamente presente, tenerlos conmigo, si preservaba sus recuerdos, sus «cosas», sus tótems. Los detritos de aquella fe equivocada llenan ahora los cajones y armarios de mi apartamento en Nueva York. No puedo abrir un cajón sin ver algo que, si lo pienso, no quiero ver. No puedo abrir un armario donde haya quedado sitio para la ropa que tal vez sí quiero llevar. En uno de los armarios que hubiera podido utilizar para tal fin, me encuentro en cambio tres viejos impermeables Burberry de John, una chaqueta de ante que le regaló a Quintana su primer novio y una capa de angora, comida por las polillas desde hace mucho, que le regaló mi padre a mi madre poco después de la Segunda Guerra Mundial. En otro armario encuentro una cajonera y un montón peligrosamente alto de cajas de todo tipo. Abro una de las cajas. Encuentro fotografías que hizo mi padre cuando era ingeniero de minas en la Sierra Nevada durante los primeros años del siglo veinte. En otra de las cajas encuentro los trozos de encaje y bordado que mi madre decidió conservar de las cajas de recuerdos de su madre. […] Continúo abriendo cajas. Me encuentro más fotografías descoloridas y agrietadas de las que quiero volver a ver en la vida. Me encuentro muchas invitaciones a bodas de gente que ya no está casada. Me encuentro muchos recordatorios de los funerales de gente cuya cara ya no recuerdo. En teoría todos esos recuerdos sirven para evocar momentos pasados. Pero la verdad es que solo sirven para dejar claro lo poco que aprecié aquellos momentos cuando los tuve delante. Y lo poco que aprecié los momentos cuando los tuve delante es otra cosa que ya no me puedo permitir ver».
María me ha dicho que tengo que hablar esta semana sobre «ver fotos antiguas», y lo primero que he hecho al recibir ese mensaje ha sido abrir google drive y poner fechas al azar. A veces desearía volver a los momentos de aquellas imágenes, sin embargo no siento la pesadumbre de Joan, porque sí que aprecié esos instantes. En otras, me veía junto a personas que el tiempo demostró que no me quisieron bien y pensaba: «de buena me libré». Es curioso, en todas ellas había algo de premonitorio, algo que quien lo vive no es capaz de ver: tal vez una mueca con el labio, una postura determinada, unas ojeras que revelan el insomnio de esos meses, lo que sea. Revelan de manera velada todo lo que después vendría.
Hace un año me compré una cámara analógica después de utilizar muchísimas desechables. Lo hice tras leer un artículo en el que contaban que hay fotos de nuestro carrete que solo vemos una vez, aunque no las borremos. Me di cuenta de que de nada servía que fotografiara absolutamente todo, porque acabarían en esa masa espesa e indeterminada que es el carrete y no volvería a ellas. Empecé a hacer fotos analógicas y a dejar de usar el móvil, y ahora todas ellas están en unos álbumes grandes que captan gestos y momentos que pude vivir con más nitidez porque supe que solo tenía una vez para capturarlos. Esos se vienen conmigo. Esas fotos antiguas son siempre refugio.
Está todo de verdad, absolutamente todo en aquellas fotos antiguas, pero más allá de su contenido, significan que aquello lo viví. Yo que adoro y a veces prefiero la ficción, que no dejo de pensar en lo que pudo suceder, en lo que jamás pasará. Todas esas instantáneas se suceden recordándome que ese conglomerado de vivencias son las que me han hecho llegar hasta aquí. Por eso sí quiero verlas.
Cuando vuelva a Madrid vaciaré el baúl. Ya os contaré. Hasta entonces, os deseo que este verano hagáis muchas fotos a personas amadas. Dentro de muchos años las veréis y encajarán esas piezas del puzzle. Siempre sucede.
Guille, sin tener ni idea de que hoy tenía que escribir sobre esto, me acaba de enviar esta foto. Él es así. Te abrazo siempre, mi madre me ha dicho al verla que es la foto de todas las que ha visto en la que salgo con más paz.
@viedeflavie
El miércoles de la semana pasada sucedió el XIX Campeonato Mundial de Natación. Supongo que a la mayoría os sonará el percance que vivió la deportista Anita Álvarez, (como poco, por lo impactante de la imagen de un cuerpo bajo el agua cayendo en un ensordecedor silencio) .
La noticia pasó de ser su desmayo, tras finalizar su ejercicio, al acto heroico de su entrenadora que se lanzó al agua vestida de calle antes de que los socorristas reaccionaran. Hablan sobre ese brazo que ella estira, a más de 2,5 metros de profundidad, para alcanzar cuanto antes a su pupila y así salvarla. De hecho, así lo hizo.
Sin embargo, creo necesario ensalzar las palabras que le dijo a Anita después de que recuperase el conocimiento: «¡tienes que dar todo, pero no la vida!».
No somos el maxiroll de chicle de Boomer. Frenemos un momentito, que tenemos límites y parece que los estamos obviando.
Hace unas semanas fui a ver a una doctora especialista y, sin venir directamente al caso, sacó el tema del estrés y ansiedad. Me comentó que nunca había visto, en todos sus años de profesión, a una generación con semejantes niveles (clínicos) de estos dos conceptos en menores de 30 años. Y que por favor lo tuviera en mente y me cuidara.
Tomo el testigo: si sientes que estás llegando a rozar tu límite, no sigas. La vuelta es mucho más dura y costosa una vez lo sobrepasas. Podemos lidiar con mucho, pero no podemos hacerlo con todo. Dónde está el problema respecto a ser humanos.
Si la película trata sobre quedar extasiados, no nos debería interesar.
En el colegio o universidad algún profesor citó la conocida frase «mientras que tú duermes, alguien con el mismo objetivo o sueño que tú está estudiando o trabajando para conseguirlo». Creo en los resultados del esfuerzo, siendo estos exitosos tanto cuando se acercan a la meta como cuando sola la acarician, pero no quiero ser complice de aquello que quita vida; que no se cuente conmigo para perderse a uno mismo.
Hace unas semanas @unbreakmypants comenzó en Twitter e Instagram a hacer una recopilación de testimonios sobre situaciones terribles en distintas escuelas de arquitectura de España. Diría que me leí el 90% de los testimonios que compartió, algo que hizo durante más de tres días. No sé si su denuncia ha conseguido o conseguirá cambiar algo, pero leer a tantas personas que perdieron la noción de ellas mismas dando un 200% de su fuerza y potencial a diario, a cambio de una infravaloración constante, como poco me enerva.
Vuelvo a la calma.
El silencio, a veces, es una forma de lentitud. No decir algo por un momento, parece que estira el tiempo, que nos da el chance de analizarlo, de pensar qué hubiese ocurrido si se hubiese hablado. Mi madre me habló de Pablo D’Ors hace unos meses y desde entonces he leído y escuchado muchas entrevistas de él. Es el tipo de persona que me gustaría conocer; que me gustaría escuchar.
Uno de sus titulares es «lo más radical es sentarnos en silencio a escucharnos». D’Ors escribe y habla sobre el silencio y el autoconocimiento, entre otros muchos temas. Puede que sea solo una percepción o una verdad en la que coincidamos, pero creo que en el silencio compartido por dos o más personas, llega la calma y se da a paso solo a las palabras importantes. Sobre el silencio con uno mismo, poco más que añadir -recientemente elijo momentos para no reproducir música en situaciones que solía hacerlo para escuchar esa quietud-.
Por tanto, os deseo una semana tranquila. En la que lo deis todo, pero no a vosotros mismos. En la que el silencio nos inunde, porque creo que de algún modo nos pone en perspectiva.
@maria_sabani
Tan lento el tiempo y tan intensa la vida como cada mediodía cuando algún vecino que aún no he reconocido pone música clásica para todos.
Se va acercando el verano y a María y a mí nos pesan ya las cosas. Es el precio (jamás alto) de esta sensibilidad que nos ronda y que da paso tan numerosas veces a la salvación de lo que somos a través de la bondad, de la belleza, del bien y del amor. Sin embargo las historias se acumulan y los sentimientos se atropellan, el asfalto arde y la sensación de asfixia- siempre tarde, siempre a contrarreloj, nunca suficientes- nos acecha por momentos. Supongo que todos nos sentimos ahora un poco así.
Sin embargo esta carta no es una carta triste, ni desesperanzadora, me niego. El compromiso con la verdad es fuerte, y por eso os hablo del estado anímico, pero más lo es el que tenemos con la ilusión y el sostenimiento: deseo transmitiros un aire frío y cargado de ánimos. Hoy vengo a hablar de «cuando no sale nada» que no es lo mismo que «cuando no pasa nada», porque las cosas no suelen salir cuando precisamente hay innumerables frentes abiertos y están sucediendo infinidad de cosas, tantas que una no sabe por dónde empezar.
Qué existencia esta, qué misterio. Qué desconcertante resulta a veces vivir. Sin manuales de instrucciones (aunque determinados libros sean casi lo mismo), sin poder de decisión muchas veces sobre lo que ocurrirá, hacemos lo que podemos. Y en esto marco un énfasis, porque hacer lo que se puede en ocasiones dista de lo que se quiere, precisamente por tales limitaciones. Entender esto en los demás da un respiro al otro, al de enfrente, a esa persona que también somos nosotros en otras interacciones, un pequeño cable que es capaz de iluminar mínimamente el calvario ajeno.
Una de las historias que más me impactaron el año pasado no sé si os la llegué a contar o no porque he perdido la noción del tiempo, así que aquí va. Cogía un tren a las seis de la mañana de Santander a Madrid un día de cante agobiada, con todos los apuntes en la mano, cansada y profundamente triste. La tristeza se lee en la cara. Fui a pedir un café y un sandwich y al tratar de pagar con tarjeta me dijo la señora que trabajaba allí que estaba roto el datáfono y que solo se podía pagar en efectivo. Yo no tenía nada suelto así que le di las gracias, le pedí disculpas porque ya hubiera servido el café y me fui. De camino al asiento lamenté mi suerte y me sentí desgraciada- generalmente sucesos insignificantes hacen estallar la resiliencia- y rompí a llorar. Lloraba por causas ajenas a aquel desayuno infructuoso, lloraba porque nada parecía salirme bien. De repente posaron el café y el sandwich en mi mesa, levanté la mirada y la señora de antes me guiñó un ojo. Cuando quise decirle algo ya se había esfumado.
Al bajarme del tren pasé por la cafetería pero ella ya no estaba. Le di el libro que leía por aquel entonces «La biblioteca de París» de Janet Skeslien Charles al chico que estaba allí y le pedí que se lo diera. Lo cogió. Cuando salía la vi fuera echándose un piti y le guiñé esta vez el ojo yo, le sonreí y me fui. Nunca he sabido cómo acababa aquel libro, y me da absolutamente igual haberlo dejado a medias. Por el contrario, ¿cómo voy a olvidar el mejor desayuno que me he tomado en mi vida?
Cuando las cosas no salen seguirán sin salir por el tiempo que sea, sin embargo aparecen y desaparecen personas todo el tiempo. Esto significa que nosotros tenemos oportunidad de hacer un micro-cambio, tender una mano, aliviar también a los demás. Solo esta concepción unitaria, esta vida común, este sentir universal da a las cosas un mínimo sentido cuando el resto no lo tiene o aún es pronto para conocerlo.
Ojalá aprendamos a leer las caras de los demás.
Pienso bastante en aquella frase que proclaman en la peli del Exótico Hotel Marigold: «todo va a salir bien, porque si no sale bien, no es el final». Me hace gracia su espíritu de filosofía barata pero también conserva mi fe cuando vienen mal dadas. Os lanzo muchísimos ánimos y fuerzas para estas semanas que acontecen antes de las vacaciones. Pienso en vosotros con frecuencia. Deseo de todo corazón que os salgan las cosas. Esto es vivir.
Esta imagen de aquel verano, muy pronto por la mañana. Terminó yéndose la niebla.
@viedeflavie
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