La vie #54

La vie #61


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Todo el mundo que me rodea sabe que tengo el síndrome de Diógenes. Es un problema que roza la obsesión: guardo conmigo cualquier mínima muestra material de mi pasar. Esto significa no solamente lo típico, entradas de cine, cartas, postales, fotos, tickets. Incluye recibos del súper si la compra la hice con alguien amado o en París, las bolsas o los envoltorios de regalos y libros, pulseras, piedras, cosas que me encuentro por la calle, pétalos de flores. Siento que si no lo guardo las historias se escapan y nunca podré recordarlas con la misma nitidez.

Digo que es un problema mientras leo las «Las noches azules» de Joan Didion. En un pasaje concreto ella escribe: «Hubo una época, una época larga, desde mi infancia hasta hace bastante poco, en que me pareció que sí los quería. Una época en la que creí que podría tener a la gente plenamente presente, tenerlos conmigo, si preservaba sus recuerdos, sus «cosas», sus tótems. Los detritos de aquella fe equivocada llenan ahora los cajones y armarios de mi apartamento en Nueva York. No puedo abrir un cajón sin ver algo que, si lo pienso, no quiero ver. No puedo abrir un armario donde haya quedado sitio para la ropa que tal vez sí quiero llevar. En uno de los armarios que hubiera podido utilizar para tal fin, me encuentro en cambio tres viejos impermeables Burberry de John, una chaqueta de ante que le regaló a Quintana su primer novio y una capa de angora, comida por las polillas desde hace mucho, que le regaló mi padre a mi madre poco después de la Segunda Guerra Mundial. En otro armario encuentro una cajonera y un montón peligrosamente alto de cajas de todo tipo. Abro una de las cajas. Encuentro fotografías que hizo mi padre cuando era ingeniero de minas en la Sierra Nevada durante los primeros años del siglo veinte. En otra de las cajas encuentro los trozos de encaje y bordado que mi madre decidió conservar de las cajas de recuerdos de su madre. […] Continúo abriendo cajas. Me encuentro más fotografías descoloridas y agrietadas de las que quiero volver a ver en la vida. Me encuentro muchas invitaciones a bodas de gente que ya no está casada. Me encuentro muchos recordatorios de los funerales de gente cuya cara ya no recuerdo. En teoría todos esos recuerdos sirven para evocar momentos pasados. Pero la verdad es que solo sirven para dejar claro lo poco que aprecié aquellos momentos cuando los tuve delante. Y lo poco que aprecié los momentos cuando los tuve delante es otra cosa que ya no me puedo permitir ver».

María me ha dicho que tengo que hablar esta semana sobre «ver fotos antiguas», y lo primero que he hecho al recibir ese mensaje ha sido abrir google drive y poner fechas al azar. A veces desearía volver a los momentos de aquellas imágenes, sin embargo no siento la pesadumbre de Joan, porque sí que aprecié esos instantes. En otras, me veía junto a personas que el tiempo demostró que no me quisieron bien y pensaba: «de buena me libré». Es curioso, en todas ellas había algo de premonitorio, algo que quien lo vive no es capaz de ver: tal vez una mueca con el labio, una postura determinada, unas ojeras que revelan el insomnio de esos meses, lo que sea. Revelan de manera velada todo lo que después vendría.

Hace un año me compré una cámara analógica después de utilizar muchísimas desechables. Lo hice tras leer un artículo en el que contaban que hay fotos de nuestro carrete que solo vemos una vez, aunque no las borremos. Me di cuenta de que de nada servía que fotografiara absolutamente todo, porque acabarían en esa masa espesa e indeterminada que es el carrete y no volvería a ellas. Empecé a hacer fotos analógicas y a dejar de usar el móvil, y ahora todas ellas están en unos álbumes grandes que captan gestos y momentos que pude vivir con más nitidez porque supe que solo tenía una vez para capturarlos. Esos se vienen conmigo. Esas fotos antiguas son siempre refugio.

Está todo de verdad, absolutamente todo en aquellas fotos antiguas, pero más allá de su contenido, significan que aquello lo viví. Yo que adoro y a veces prefiero la ficción, que no dejo de pensar en lo que pudo suceder, en lo que jamás pasará. Todas esas instantáneas se suceden recordándome que ese conglomerado de vivencias son las que me han hecho llegar hasta aquí. Por eso sí quiero verlas.

Cuando vuelva a Madrid vaciaré el baúl. Ya os contaré. Hasta entonces, os deseo que este verano hagáis muchas fotos a personas amadas. Dentro de muchos años las veréis y encajarán esas piezas del puzzle. Siempre sucede.

Guille, sin tener ni idea de que hoy tenía que escribir sobre esto, me acaba de enviar esta foto. Él es así. Te abrazo siempre, mi madre me ha dicho al verla que es la foto de todas las que ha visto en la que salgo con más paz.

@viedeflavie



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