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Antes de empezar a escribir, voy a dejar el ordenador y me voy a levantar para poner el vinilo que me han regalado mis amigos por mi cumpleaños para que me acompañe(n) en este texto.
Esta semana tengo un tema inmenso. Pero, antes de abordarlo, perdón y gracias a quienes leísteis la última newsletter de La Vie. Flavia se adelantó e hizo un alarde de amistad y sentimiento que me sobrepasó para celebrar el día de mi cumpleaños. Perdón, porque leer tanto de mí, prometo que no es algo propio mío ni a lo que esté acostumbrada (por suerte). De hecho, muchas semanas en las que me toca escribir me pregunto hasta qué punto podremos mantener el interés en que nos leáis porque, al fin y al cabo, hablamos de la vida, de nosotras, y de nuestras vidas. Tampoco tenemos más propósito que contar lo que pensamos, remover un poco la perspectiva de alguien y, sobre todo, continuar este proyecto que nos sorprende y nos hace la vida bastante más bonita.
En esta semana, sobre todas las cosas, he vivido una exaltación de la vida, en todos los sentidos en los que esta ocurre y existe y acaba.
El tema de esta semana es que «la vida está en otra parte».
Creo que no es la vida la que está en otro lugar, sino que igual somos nosotros los que estamos, en ocasiones, en otra parte colocados. ¿Dónde está tu foco? ¿En qué piensas cuando consigues tener unos minutos en los que no tienes ‘‘nada que hacer’’? Para nada me refiero al FOMO, sino a la falta de conexión en cada día; a la incapacidad de recordar algunos detalles de algo que has hecho hace un par de horas, porque la vida va rápido y parece que corremos detrás de ella, como si fuese ella la que se fuera a otra parte.
Sin embargo, no hay mayor certeza que vivir es hoy, que la vida es ahora y, que todo lo que pase, y todo lo que no, nos corresponde su autoría solo en una pequeña dosis. El resto, dejémoslo al azar de la vida y a todo lo que tenga que venir después.
He rebuscado en mis notas del móvil y he llegado a una del 2013. Corresponde a una introducción de una clase dada por un profesor excepcional que tuve en el primer año de carrera (que, por cierto, ha sacado un libro y sin leer ni siquiera de qué iba lo compré, porque no puede ser más que bueno siendo suyo). No recuerdo de qué tema hablaba en esa clase, pero recogí sobre la marcha alrededor de treinta frases que me conmovieron.
Hoy terminaré así, con algunas de ellas:
«Sed bellos por la forma de vivir».
«Que gocéis viviendo».
«Y como dijo Séneca, cada día, cuando nos metamos en la cama, podamos decir: he vivido».
Cuando era pequeña un verano encontramos mi hermano y yo un pajarito con el ala rota en la terraza. Conseguimos con ayuda de mi padre meterlo en una cajita y cuidarlo durante varios días. Sobre aquellos cuidados no sé nada, intuyo que los buscaría mi padre. Todas las mañanas Álvaro y yo nos despertábamos temerosos ante su estado, mirábamos por el agujerito que mi padre había hecho y le acariciábamos. No sé cuanto tiempo estuvimos así, pero sí que un día mi padre nos dijo que estaba listo para volar e irse. Fue un gran acontecimiento. Abrimos la cajita y durante unos segundos pareció desconcertado, pero al poco voló.
Soledad Puértolas en el cuento que dedica a su madre «La hija predilecta» narra: Es un nuevo día, en mi vagón hay personas a las que desconozco que comienzan sus rutinas sin saber mi verdad inexorable: Mi madre ha muerto. Y yo, en este nuevo día, lo quiera o no, me alejo de la muerte de mi madre, de los ojos que me miran sin decirme nada, como ella ha huido de los ojos de su madre perdidos en el infinito, los ojos de la abuela mirando siempre lejos. En esta fría mañana de invierno, con mis cuarenta años que han empezado a correr, pienso en ellas, en sus largas vidas silenciosas, y quisiera poder retener, retener este corto trayecto, esta pálida luz de la mañana que empieza y que dentro de poco se llenará de ruidos, de humo, de calor, de nosotros mismos moviéndonos de un lado para otro, apresurados, huyendo». ¿Cómo puede seguir el mundo después de algo así? ¿Es consuelo o barbarie que el sol salga de nuevo, que los demás continúen, que los pájaros canten como si nada?
Ya he hablado alguna vez sobre la rueda del mundo. Ella gira y gira, no para, no se detiene jamás. A veces nuestra existencia se interrumpe y perdemos el ritmo, nos salimos de aquel juego, vemos todo desde la tribuna, va tan rápido que no es posible subirse de nuevo. Qué difícil. Estar en presencia pero no en sentir. Sumirse en el desconcierto frente al riesgo de que ese túnel oscuro no acabe jamás.
La última vez que me sentí así me salvó la belleza. Me recuerdo apática y triste. Un sábado de otoño salí a pasear pronto y de repente en un paso de cebra vi a una mujer comprando flores. Eran preciosas. Me fijé en su cara de emoción, y pensé en el jarrón en el que tiempo después descansarían. En aquella casa y en sus habitantes. Fue con ese pensamiento con el que me metí de nuevo en la vida, y lo entendí. Me paré en el paso de cebra y saqué una de mis libretas pequeñas, alcé una pierna para apoyarme y escribí: «ahora lo he entendido, la vida está en las flores y en esta mañana, aunque tú no la vayas a ver, está frente a mí y es inmensa, casi tan inmensa como el ser humano, que nunca se rompe del todo, que recoge sus piezas; esta mañana es el futuro y tengo por fin la sensación de que lo que vendrá es bueno. Deseo que te encuentres muchas mañanas como esta: he recuperado mi mirada».
Hace poco en una newsletter increíble que sigo y que os recomiendo: Punzadas leí una frase que hubiera deseado tener tiempo atrás, y que en realidad, ya había leído en uno de mis libros favoritos, Nubosidad variable: «de todos los pozos se puede salir cuando se enciende la curiosidad por saber lo que estará pasando fuera mientras uno se hunde». Quizá precisamente en ese «estar fuera del tempo» lo único capaz de salvarnos sea eso: la convicción de que nada se para, que aún no está escrito el punto y final, que nos quedan aún belleza y bondad a raudales, que existe el amor. Que los pájaros siguen cantando y podemos aún escucharlos.
Hay pocas certezas en el camino, pero una de ellas es la pérdida: existen dosis de dolor de las que nadie sale indemne, y sin embargo compensa el vivir, es más, conforme suceden tales acontecimientos aprendemos a hacerlo mejor. A lo largo de la trayectoria desarrollamos una conciencia que nos aleja de ese espíritu de niños dónde todo parece prometedor y carente de sufrimiento, y aún así creo que solo llegamos a percibir el esplendor de la vida en esa simbiosis entre lo deseado y lo real. Surgen entonces los milagros, todo aquello que rompe por completo lo que ya sabemos y lo congela por un tiempo. Como lo que sucede dentro de un museo, como la música, como escuchar reír a un amigo o ver a unos niños jugar al balón. La vida parece eterna en esos instantes.
A veces pienso en aquel pequeñín que cuidamos de pequeños mi hermano y yo y siento que quizá lo he vuelto a ver volando feliz entre los pinos que veo desde mi ventana o jugando entre las olas del mar radiante y azul. No sé que habrá sido de él, pero ojalá siguiera cantando.
Y sin embargo, lo que más deseo ahora mismo es que os rodee ese cántico a vosotros allá donde estéis, en el pozo o en la rueda. Lo mejor está siempre por llegar.
@viedeflavie
No deseo huir de las grietas ni de todo aquello que me quiebre, lo que quiero es sentir.
Mi límite y tu límite son diferentes. Donde tú ves aún más, quizá yo ya dejé de contar. Según el prisma con el que estemos mirando, esto se invierte.
La presencialidad laboral está sobrevalorada pero la que refiere a la vida, está poco ensalzada. El ahora es realmente todo (y lo único) que tenemos con posibilidad de dar forma.
Últimamente me pasa que no recuerdo dónde he aparcado. Es algo que me sienta fatal, porque me cuesta asumir que mi memoria está a otros menesteres. No entiendo cómo la alegría que me supone encontrar sitio, no sirve de aliciente suficiente para fijar ese recuerdo y, a la mañana siguiente, localizar el coche sin problemas.
Sin embargo, cuando profundizo en esto puedo reconocer que hay ciertas acciones de la rutina que han pasado a ser ejecutadas en ‘‘piloto automático’’. Y es por esta razón por la que ‘‘entonces’’ es el espacio temporal confortable al que acudimos cuando el ‘‘ahora’’ nos resulta excesivo.
Porque es una lucha mental no pensar en otros momentos y en otros lugares, cuando el presente se extiende y excede.
Hablaba la semana pasada con mi amiga Elena y me contaba: «he estado un tiempo sintiendo que ninguna de las cosas que vivía eran suficiente. Salía de fiesta con mis amigos, volvía a casa, y quería más. Quedaba a tomar algo, llegaba a mi habitación y sentía que no había sido suficiente. Parecía que nada me saciaba».
Creo que esta confusión entre lo que ocurre ahora, lo que ya ha ocurrido y donde se encuentra en el momento presente nuestra mente, se parece a ver una carrera de Fórmula 1 o similar. Tú eres capaz de ver cuándo el coche en el que te estás fijando pasa por meta pero, si en alguna de las vueltas lo pierdes de vista, te tensas, lo buscas y si no, esperas con nerviosismo porque volverá a aparecer en la siguiente vuelta. Esta vez, estarás más atento que la anterior.
La vida va rápida y lo hace tan deprisa que lo que más nos gusta y a lo que dedicaríamos más tiempo, se siente efímero y es precisamente esto mismo a lo que volvemos entonces, cuando ahora es demasiado.
@maria_sabani
Texto de la exposición de Uxío da Vila en la galería We Collect, que ha servido de inspiración para esta newsletter de La Vie.
Los dos textos que más han marcado mi vida hablan de literatura. No sé cuantas veces he podido leerlos. El primero de ellos, el discurso de Mario Vargas Llosa cuando recibió el Nobel en 2010 que llegó a mis manos recién cumplidos mis dieciocho marcó claramente mi pasar: «todo aprendiz de escritor debe pasar por París». Al mes me suscribí al único programa que iba a permitirme acabar allí por largo tiempo. El resto ya lo sabéis.
El otro es también un alegato, el que hizo Javier Marías cuando ganó el premio Rómulo Gallegos, y en él dice: «¿Por qué seguimos leyendo novelas y apreciándolas y tomándolas en serio y hasta premiándolas, en un mundo cada vez menos ingenuo? […] Todos tenemos en el fondo la misma tendencia, es decir a irnos viendo en las diferentes etapas de nuestra vida como el resultado y el compendio de lo que nos ha ocurrido y de lo que hemos logrado y de lo que hemos realizado, como si fuera tan sólo eso lo que conforma nuestra existencia. Y nos olvidamos casi siempre que las vidas de las personas no son sólo eso; cada trayectoria se compone también de nuestras pérdidas y nuestros desperdicios, de nuestras omisiones y nuestros deseos incumplidos, de lo que una vez dejamos de lado o no elegimos o no alcanzamos, de las numerosas posibilidades que en su mayoría no llegaron a realizarse -todas menos una a la postre-, de nuestras vacilaciones y nuestras ensoñaciones, de los proyectos fustrados y los anhelos falsos o tibios, de los miedos que nos paralizaron, de lo que abandonamos o nos abandonó a nosotros. Las personas tal vez consistimos, en suma, tanto en lo que somos como en lo que no hemos sido, tanto en lo comprobable y cuantificable y recordable como en lo más incierto, indeciso y difuminado, quizá estamos hechos en igual medida de lo que fue y de lo que pudo ser.
María me ha pedido que escriba sobre las historias que ya no merece la pena contar y por mucho que le he dado vueltas, no se me ocurre ninguna. Hay palabras que creo que no procede decir como ya hablamos una vez, pero historias no. Relatar lo luminoso a la par que lo oscuro, lo justo y lo despótico, la narración como denuncia o como salvación, lo que pasó y lo que nos esquivó es la única manera que se me ocurre para llegar a tener una concepción lo más amplia posible de lo que somos. Contar lo que otros no pueden (aunque el impacto parezca mínimo) es también respetar y sacralizar el increíble milagro que sin duda es un ser humano.
Sin embargo sí veo nítidamente un matiz. Esa historia que siempre se debe contar hay que saber cómo contarla. Inevitable objetividad si va de nosotros, es lógico. El primer paso entiendo (y en esto aún estoy en el camino) es saber que las historias pasadas son precisamente eso, pasadas; la rabia, el escozor, la pena no hacen más que entorpecer ese contar. Es evidente que no siempre nos salen las cosas como quisiéramos, pero si bien todos aquellos sucesos deben contarse, no deben tratarse como una venganza personal o un recordatorio rencoroso cargado de ira. Isabel Coixet escribió un articulazo el domingo en el que decía: «He olvidado muchas cosas y a muchas personas, y es mejor así. ¿Tiene algún sentido recordar los nombres de personas que no hicieron sino fastidiarme, todo lo que pudieron, la vida? Me parece un sueño utópico, no deseo olvidar lo oscuro y es importante en mi biografía, pero sí comparto de alguna forma ese olvido, que no es otra cosa que verlo y observarlo todo desde la tribuna. Con paz.
Todas las historias merecen ser contadas, pero mis favoritas son las buenas, claro. Frente a lo que no salió lo que sí somos. Esas historias que sí pasan todos los días y que teñidas de cotidianeidad parecen evidentes e irrelatables. Hay a lo largo de la vida cuatro, a lo sumo cinco acontecimientos puntuales que nos marcan irremediablemente, el resto son sucesos normales. Son tan importantes los primeros como los segundos. Hay un límite respecto a este principio que defiendo: jamás merece la pena contar lo ajeno. Lo que no nos corresponde o no es nuestro. Aunque ese sea otro tema.
Yo creo firmemente que merece la pena contar todo lo que se refiera al ser humano, pero especialmente lo pequeño, lo imperceptible. Que mis líneas solo se encaminen hacia el amor, hacia la luz, hacia la inmensidad, hacia el arraigo, hacia lo justo y hacia lo bueno, y si para eso tengo que contar todo lo que está roto, lo oscuro, lo escaso, el desarraigo o lo injusto, si para ello tengo que hablar de la maldad porque eso puede generar cualquier cambio o ampliar la voz de los que no pueden, esos párrafos deberán escribirse. Con increíble urgencia. Me va la vida en ello.
Lo mejor que podemos contar defender y vivir es el amor.
@viedeflavie
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