Cuando era pequeña un verano encontramos mi hermano y yo un pajarito con el ala rota en la terraza. Conseguimos con ayuda de mi padre meterlo en una cajita y cuidarlo durante varios días. Sobre aquellos cuidados no sé nada, intuyo que los buscaría mi padre. Todas las mañanas Álvaro y yo nos despertábamos temerosos ante su estado, mirábamos por el agujerito que mi padre había hecho y le acariciábamos. No sé cuanto tiempo estuvimos así, pero sí que un día mi padre nos dijo que estaba listo para volar e irse. Fue un gran acontecimiento. Abrimos la cajita y durante unos segundos pareció desconcertado, pero al poco voló.
Soledad Puértolas en el cuento que dedica a su madre «La hija predilecta» narra: Es un nuevo día, en mi vagón hay personas a las que desconozco que comienzan sus rutinas sin saber mi verdad inexorable: Mi madre ha muerto. Y yo, en este nuevo día, lo quiera o no, me alejo de la muerte de mi madre, de los ojos que me miran sin decirme nada, como ella ha huido de los ojos de su madre perdidos en el infinito, los ojos de la abuela mirando siempre lejos. En esta fría mañana de invierno, con mis cuarenta años que han empezado a correr, pienso en ellas, en sus largas vidas silenciosas, y quisiera poder retener, retener este corto trayecto, esta pálida luz de la mañana que empieza y que dentro de poco se llenará de ruidos, de humo, de calor, de nosotros mismos moviéndonos de un lado para otro, apresurados, huyendo». ¿Cómo puede seguir el mundo después de algo así? ¿Es consuelo o barbarie que el sol salga de nuevo, que los demás continúen, que los pájaros canten como si nada?
Ya he hablado alguna vez sobre la rueda del mundo. Ella gira y gira, no para, no se detiene jamás. A veces nuestra existencia se interrumpe y perdemos el ritmo, nos salimos de aquel juego, vemos todo desde la tribuna, va tan rápido que no es posible subirse de nuevo. Qué difícil. Estar en presencia pero no en sentir. Sumirse en el desconcierto frente al riesgo de que ese túnel oscuro no acabe jamás.
La última vez que me sentí así me salvó la belleza. Me recuerdo apática y triste. Un sábado de otoño salí a pasear pronto y de repente en un paso de cebra vi a una mujer comprando flores. Eran preciosas. Me fijé en su cara de emoción, y pensé en el jarrón en el que tiempo después descansarían. En aquella casa y en sus habitantes. Fue con ese pensamiento con el que me metí de nuevo en la vida, y lo entendí. Me paré en el paso de cebra y saqué una de mis libretas pequeñas, alcé una pierna para apoyarme y escribí: «ahora lo he entendido, la vida está en las flores y en esta mañana, aunque tú no la vayas a ver, está frente a mí y es inmensa, casi tan inmensa como el ser humano, que nunca se rompe del todo, que recoge sus piezas; esta mañana es el futuro y tengo por fin la sensación de que lo que vendrá es bueno. Deseo que te encuentres muchas mañanas como esta: he recuperado mi mirada».
Hace poco en una newsletter increíble que sigo y que os recomiendo: Punzadas leí una frase que hubiera deseado tener tiempo atrás, y que en realidad, ya había leído en uno de mis libros favoritos, Nubosidad variable: «de todos los pozos se puede salir cuando se enciende la curiosidad por saber lo que estará pasando fuera mientras uno se hunde». Quizá precisamente en ese «estar fuera del tempo» lo único capaz de salvarnos sea eso: la convicción de que nada se para, que aún no está escrito el punto y final, que nos quedan aún belleza y bondad a raudales, que existe el amor. Que los pájaros siguen cantando y podemos aún escucharlos.
Hay pocas certezas en el camino, pero una de ellas es la pérdida: existen dosis de dolor de las que nadie sale indemne, y sin embargo compensa el vivir, es más, conforme suceden tales acontecimientos aprendemos a hacerlo mejor. A lo largo de la trayectoria desarrollamos una conciencia que nos aleja de ese espíritu de niños dónde todo parece prometedor y carente de sufrimiento, y aún así creo que solo llegamos a percibir el esplendor de la vida en esa simbiosis entre lo deseado y lo real. Surgen entonces los milagros, todo aquello que rompe por completo lo que ya sabemos y lo congela por un tiempo. Como lo que sucede dentro de un museo, como la música, como escuchar reír a un amigo o ver a unos niños jugar al balón. La vida parece eterna en esos instantes.
A veces pienso en aquel pequeñín que cuidamos de pequeños mi hermano y yo y siento que quizá lo he vuelto a ver volando feliz entre los pinos que veo desde mi ventana o jugando entre las olas del mar radiante y azul. No sé que habrá sido de él, pero ojalá siguiera cantando.
Y sin embargo, lo que más deseo ahora mismo es que os rodee ese cántico a vosotros allá donde estéis, en el pozo o en la rueda. Lo mejor está siempre por llegar.
@viedeflavie
No deseo huir de las grietas ni de todo aquello que me quiebre, lo que quiero es sentir.
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