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La visión de la Generalitat sobre la IA, con Jaume Miralles


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La inteligencia artificial suele presentarse como una promesa casi mágica o como una amenaza difícil de controlar. Sin embargo, cuando se baja al terreno de la administración pública, la conversación cambia. Se vuelve más concreta, más cotidiana y también más humana. Eso es lo que ocurre al escuchar a Jaume Miralles, nuevo director general de Inteligencia Artificial, Eficiencia y Datos de la Generalitat de Catalunya. Lejos de los titulares exagerados, su mirada apunta a algo más prosaico, pero también más transformador, usar la tecnología para hacer que la administración funcione mejor, por dentro y por fuera.

Miralles llega al sector público desde el mundo privado, casi por sorpresa. Él mismo reconoce que no tenía un plan trazado y que se apuntó al proceso de selección más por curiosidad vital que por ambición política. “Me pareció una experiencia vital interesante”, explica, y ese matiz no es menor. Porque desde ahí se entiende bien el enfoque que plantea, menos ideológico y más práctico. La inteligencia artificial no como bandera, sino como herramienta.

La nueva dirección general se articula alrededor de tres grandes palancas que actúan como habilitadores transversales. Por un lado, los datos. Ordenarlos, gobernarlos y ponerlos al servicio de la toma de decisiones. No es un tema glamuroso, pero sin datos bien gestionados no hay inteligencia artificial que valga. Miralles lo resume con claridad cuando señala que la misión es “tener los datos ordenados y ponerlos a disposición de todo el gobierno con herramientas que permitan extraer conocimiento”. Dicho de otra forma, antes de correr hay que aprender a caminar.

La segunda palanca es la automatización orientada a la eficiencia. Aquí conviven tecnologías maduras como la RPA con nuevas aproximaciones basadas en agentes inteligentes. No todo es inteligencia artificial generativa, y eso también es un mensaje importante. Se trata de ganar tiempo y reducir fricción, tanto en los trámites como en la gestión interna. La tercera palanca es la innovación, entendida como GovTech, es decir, tecnología aplicada a necesidades reales del gobierno, muchas veces en colaboración con el ecosistema local.

Todo esto tiene un objetivo claro, transformar los servicios públicos y el entorno de trabajo de los empleados públicos. No se trata solo de digitalizar formularios, sino de repensar cómo se trabaja y cómo se atiende a la ciudadanía. En ese contexto aparece uno de los retos más complejos, la adopción real de la inteligencia artificial por parte de las personas. El objetivo es ambicioso, que en 2028 el cien por cien de los trabajadores públicos utilicen IA de una forma u otra.

La estrategia para lograrlo se articula en tres niveles. El primero es el personal. Asistentes como Copilot o herramientas similares se ponen a disposición de los trabajadores, pero acompañadas de formación y criterio. Miralles insiste en una idea clave, “estas herramientas no son infalibles, se equivocan”, y, por tanto, la responsabilidad última sigue siendo humana. Aquí la alfabetización crítica es tan importante como la tecnología.

El segundo nivel es el de las unidades de trabajo. Pequeños asistentes o automatismos pensados para resolver tareas concretas de bajo riesgo, diseñados y gestionados por los propios equipos. Esto introduce autonomía y acelera la innovación interna. El tercer nivel es el corporativo, donde entran los grandes proyectos TIC, los asistentes abiertos a la ciudadanía y las soluciones que requieren mayores garantías de seguridad y gobernanza.

La gobernanza ética no aparece como un freno, sino como un sistema de semáforos. No se regula la tecnología, se regula el uso. Cada caso de uso pasa por una evaluación inicial de riesgo y, si es necesario, por un análisis más profundo del impacto en derechos fundamentales. El equilibrio es delicado. Miralles lo expresa de forma muy gráfica cuando señala que el modelo debe garantizar el uso responsable “pero a la vez no nos paralice”. Porque una administración bloqueada por el miedo al error también deja de servir a la ciudadanía.

Hacia fuera, la transparencia es un principio explícito. Cuando la inteligencia artificial se utiliza en servicios digitales, se indica claramente. Ya ocurre en la web de la Generalitat, donde los resúmenes generados automáticamente advierten de que pueden contener errores. Además, la Generalitat de Catalunya ha publicado un registro de casos de uso de IA en producción, con más de treinta entradas, donde se explican riesgos, mitigaciones y criterios de diseño. No es un gesto menor en un contexto donde la confianza institucional está siempre en juego.

Mirando al futuro, la imagen que dibuja Miralles es bastante clara. Trámites sencillos que deberían ser tan fáciles como hacer una transferencia bancaria y, al mismo tiempo, más recursos humanos allí donde el contacto personal es insustituible. Automatizar lo rutinario para ganar tiempo de calidad en lo complejo. La tecnología como una corriente que empuja, no como una ola que arrasa. Quizá por eso su reflexión final resulta especialmente lúcida, “la IA es una tecnología que puede hacer mucho, pero no hay que perder el control ni perder la cabeza, siempre con propósito”.

En el fondo, la entrevista deja una sensación poco habitual cuando se habla de inteligencia artificial. No promete milagros ni invoca futuros abstractos. Habla de datos, de procesos, de personas y de decisiones cotidianas. Como si la inteligencia artificial, en lugar de mirar al cielo, estuviera aprendiendo por fin a caminar por el suelo de la administración pública. Y tal vez ahí, sin ruido y sin épica, esté ocurriendo la verdadera transformación.



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CluPadBy Carlos Guadián