LA VOZ QUE FUE UN SUSPIRO 8
Crece el alma cada día, el tono, la tesitura, el color
y esa fuerza con que salen de la boca sentimientos,
porque la voz no son solo las palabras sino también
esa rama que se siembra cada vez de madrugada
y se espera ese hervor que te calienta en el alma.
Los bosques están por ti, y están por ti las guadañas, amapolas que se ausentan si las comen alimañas, nacen por ti los reflejos, y tu piel anda en los zancos por no quererse mezclar, con la humedad de los charcos con las lágrimas que enturbian el sonido de tu voz vistiéndola con andrajos.
La voz, su suspiro la llevas pegada al cuerpo
y tu cuerpo lo acompaña esa voz fundiendo el cielo,
maldiciendo los momentos, defendiendo lo soñado,
tus ojos entre los sueños en un rostro arrodillado
a los deseos de un mañana bostezando de cansancio.
Vibran en la lejanía mil destinos desgarbados,
la voz busca la elegancia, ser hoguera, meridiano,
que los polos que se apartan viven con ojos cerrados, parpados siempre en silencio, de paisajes que se abrasan con el semblante en tristeza sin encontrarse las manos.
La voz ha de acercarse con cantos como bengalas,
con la fuerza de huracanes, con suavidad de serpiente, cómo se acerca la sed en los desiertos del alma, con la alegría y la luz como canta una guitarra.
Desde siempre nos acerca la voz al resto del mundo,
hay voces que son pestañas que te regalan un beso,
que suenan como campanas, que te enrojecen de amor, que entreabren las ventanas, que dejan entrar al sol que te nace en las mañanas derramándote en deseos destinos de porcelana.
Chema Muñoz©