LA VOZ QUE FUERA UN DIA-17
Ya no se escuchan las voces que se escucharon un día,
las voces de la verdad, las del honor entre manos y entre abrazos,
las del día en que murieron los odios y los hermanos regalaron la alegría,
las que nacieron entonces, la de matar la agonía de una comida diaria,
de dormirse en los regazos, de saber ¿si aun existía el amanecer de antaño!
y se volviera a dormir en la paz y sin piojos, sin oír marcar el paso,
ni las espadas blandiendo, ni muriendo en las ganzúas que en la libertad
morían, salir de los agujeros con la tristeza que da no poder mirar al sol.
Son historias de mi gente guardadas en los baúles forjados para el olvido,
esas historias dolientes, ponerle freno al acero que queremos en sus vainas,
volver a danzar de nuevo al son de nuestras dulzainas, ver como juegan los hijos
sin temor a los gritos del dolor que causan los enemigos, la maldita palidez
de rostros como dormidos en la sombra de la muerte sin tener ningún motivo.
Las voces cambian en ciclos como la paz a tormentas
en los vientos de la envidia, querer sembrar de tormentos a quienes nos alimentan, robándoles pertenencias, convertirnos en cigarras navegando
en la vagancia, haciendo nuestro lo suyo sin mesura,
domando a quienes trabajan para nuestro beneficio.
Se desea entre barrotes pensamientos y esperanzas,
a la justicia se ensucia, su balanza se encadena,
es como una zarabanda, se enajena la palabra dándole sentido a gusto,
hacer libertos a unos, la verdad va a los arbustos,
unos muriendo con sangre otros portando su luto,
durmiéndose en los aleros se le vuelve a prender fuego
a la vida y a los muertos, ¡que no encuentren las señales!
que luego vendrá la historia reclamando a los culpables
herederos de lo justo sedientos de los suspiros, de los dolores dormidos,
de que les sean devueltos para volver a enterrar bajo todos los cerrojos
los fantasmas, las espadas, las armaduras y escudos,
que el mal se duerma en su sitio, que disfrute entre su carne los gusanos,
la soberbia, los gusanos que lo cubren, que retocen en la muerte ellos bajo la losa de mármol y de la mano sus hijos.
Chema Muñoz ©